Sonó el despertador. Agustín abrió los ojos sintiendo que le dolía toda su existencia. Inició el día como cualquier otro, en espera del final. Convencido de que el último, no lo agarraría en la cama, se levantó y se fue a trabajar.
De los cuatro amigos, solo quedaba él. Pepe, Carlos y Manrique ya no estaban. «Tantas cosas compartidas», pensó.
De ellos, el único que no fue a la guerra fue Agustín. Lo salvó de ir, un ataque de asma el día que se presentaron para el servicio obligatorio.
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—Tino, Victoria se casa —anunció Pepe con cara de funeral.
—Bien, por fin consiguió lo que tanto buscaba —contestó Agustín, dando a entender que no le importaba—. ¿Y quién es el afortunado? —preguntó irónico.
—Manrique —soltó la bomba el otro.
—¿Manrique? —repitió—. Bueno, ¿cuándo es el matrimonio? Supongo que estamos invitados, ¿no?
—¿Vas a ir? —preguntó Pepe sorprendido.
—Claro que sí. No me pierdo al Manrique vestido de mono. ¿Y por qué no me pidió que fuera el padrino? No faltaba más…
—No se atrevió. Como una vez estuviste enamorado de Victoria.
—Bah… Eso fue hace mil años, cuando éramos niños… No se diga más. Dile que soy el padrino.
La noche antes del casamiento, los cuatro amigos se fueron de juerga y se acostaron con cuatro mujeres de dudosa reputación. Aprovecharon la despedida de soltero, para también despedirse, pues en un mes Pepe, Carlos y Manrique partirían a la guerra.
Agustín se aseguró de que Manrique llegara tarde y borracho a la ceremonia.
De pie, al lado de Manrique, Agustín tenía la mejor visión de la novia. Hacía mucho que no la veía. Parada al final de la iglesia del brazo de su padre, Victoria era una musa. Por un momento fantaseó que era él quien se casaba. La miró caminar, flotando hacia el altar, con su vestido blanco. El mismo que él le negó. Cuando el padre la entregó a Manrique, con gozo Agustín vio, la mirada de desdén que le dirigió al novio que estaba borracho. Luego levantó el velo, besó la frente de su hija y se retiró. Fue entonces cuando Victoria lo miró, con sus inmensos ojos negros, con ese oscuro reproche en la mirada.
De nuevo el vals. La oportunidad.
—Vaya… Enhorabuena, Victoria —dijo Agustín, mientras sonreía sarcástico.
—Gracias —respondió ella—. Me estás apretando.
—Quiero hacerte el amor.
Victoria paró de bailar. Iba a abandonar la pista de baile, pero él la detuvo.
—Me estás faltando el respeto —dijo—. Me acabo de casar con tu amigo. ¿Tampoco lo respetas a él?
—¿Tenías que casarte con él? ¿Querías humillarme, verdad?
—¿Humillarte? El mundo no gira alrededor tuyo, Tino. ¿Por qué me vienes con eso ahora? Si Pepe me dijo que ni te había importado y hasta te ofreciste a ser el padrino de la boda. Ya veo, lo planificaste todo.
Agustín estaba furioso, dolido. Nunca pensó que perdería a Victoria. Se suponía que ella estaría esperando a que él estuviera listo.
—Te maldigo, Victoria. Esta noche cuando estés con él, pensarás que estás conmigo. Esta noche y todas las noches de tu vida. Te quemarás pensando en mis besos, en mis caricias. Jamás vas a ser feliz con él.
—¿Me maldices porque no tuviste la valentía de interrumpir la ceremonia? ¡Cobarde!
Victoria se soltó, mirándolo con desprecio, yendo a refugiarse en los brazos de Manrique.
