El hombre que quise ser. 5

Sonó el despertador. Agustín abrió los ojos sintiendo que le dolía toda su existencia. Inició el día como cualquier otro, en espera del final. Convencido de que el último, no lo agarraría en la cama, se levantó y se fue a trabajar.

De los cuatro amigos, solo quedaba él. Pepe, Carlos y Manrique ya no estaban. «Tantas cosas compartidas», pensó.

De ellos, el único que no fue a la guerra fue Agustín. Lo salvó de ir, un ataque de asma el día que se presentaron para el servicio obligatorio.

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—Tino, Victoria se casa —anunció Pepe con cara de funeral.

—Bien, por fin consiguió lo que tanto buscaba —contestó Agustín, dando a entender que no le importaba—. ¿Y quién es el afortunado? —preguntó irónico.

—Manrique —soltó la bomba el otro.

—¿Manrique? —repitió—. Bueno, ¿cuándo es el matrimonio? Supongo que estamos invitados, ¿no?

—¿Vas a ir? —preguntó Pepe sorprendido.

—Claro que sí. No me pierdo al Manrique vestido de mono. ¿Y por qué no me pidió que fuera el padrino? No faltaba más…

—No se atrevió. Como una vez estuviste enamorado de Victoria.

—Bah… Eso fue hace mil años, cuando éramos niños… No se diga más. Dile que soy el padrino.

La noche antes del casamiento, los cuatro amigos se fueron de juerga y se acostaron con cuatro mujeres de dudosa reputación. Aprovecharon la despedida de soltero, para también despedirse, pues en un mes Pepe, Carlos y Manrique partirían a la guerra.

Agustín se aseguró de que Manrique llegara tarde y borracho a la ceremonia.

De pie, al lado de Manrique, Agustín tenía la mejor visión de la novia. Hacía mucho que no la veía. Parada al final de la iglesia del brazo de su padre, Victoria era una musa. Por un momento fantaseó que era él quien se casaba. La miró caminar, flotando hacia el altar, con su vestido blanco. El mismo que él le negó. Cuando el padre la entregó a Manrique, con gozo Agustín vio, la mirada de desdén que le dirigió al novio que estaba borracho. Luego levantó el velo, besó la frente de su hija y se retiró. Fue entonces cuando Victoria lo miró, con sus inmensos ojos negros, con ese oscuro reproche en la mirada.

De nuevo el vals. La oportunidad.

—Vaya… Enhorabuena, Victoria —dijo Agustín, mientras sonreía sarcástico.

—Gracias —respondió ella—. Me estás apretando.

—Quiero hacerte el amor.

Victoria paró de bailar. Iba a abandonar la pista de baile, pero él la detuvo.

—Me estás faltando el respeto —dijo—. Me acabo de casar con tu amigo. ¿Tampoco lo respetas a él?

—¿Tenías que casarte con él? ¿Querías humillarme, verdad?

—¿Humillarte? El mundo no gira alrededor tuyo, Tino. ¿Por qué me vienes con eso ahora? Si Pepe me dijo que ni te había importado y hasta te ofreciste a ser el padrino de la boda. Ya veo, lo planificaste todo.

Agustín estaba furioso, dolido. Nunca pensó que perdería a Victoria. Se suponía que ella estaría esperando a que él estuviera listo.

—Te maldigo, Victoria. Esta noche cuando estés con él, pensarás que estás conmigo. Esta noche y todas las noches de tu vida. Te quemarás pensando en mis besos, en mis caricias. Jamás vas a ser feliz con él.

—¿Me maldices porque no tuviste la valentía de interrumpir la ceremonia? ¡Cobarde!

Victoria se soltó, mirándolo con desprecio, yendo a refugiarse en los brazos de Manrique.

Lázaro.6

Lázaro estaba confuso por la experiencia que había vivido. Él no se consideraba guapo, ni interesante. No manejaba un carro último modelo, por el contrario, llegaba al trabajo en el “bus”. No podía entender lo que Deborah pudo haber visto en él. Tal vez ella no era la mujer frívola que los demás pensaban. Deborah, a su vez, esperaba que la rendición iba a ser más sencilla. Él la evitaba durante las horas de trabajo. Salía más tarde que nunca. Ella se quedaba despierta hasta tarde para provocar otro encuentro, pero siempre se quedaba dormida. Estaba convencida de que con sexo lo dominaría por completo, pero él no le daba la oportunidad.

—Lázaro—dijo un día desesperada—. ¿Hay alguna razón por la que no me hablas?

—No. No hay ninguna—contestó él mirando al suelo sin detenerse.

—¡Espera!—dijo Deborah tomándolo del brazo.—¿Por qué me evitas? ¿Es por lo que pasó?

—Deborah,—contestó—creo que este no es el lugar para hablar de este tema—dijo soltándola suavemente.

—Entonces, ¿en dónde?—preguntó ella con los ojos llenos de lágrimas de cocodrilo.

—Hablamos esta noche. Pasa por mi apartamento a las ocho—contestó conmovido por sus lágrimas.

Lázaro se preparó todo el día para enfrentar a Deborah. Él la amaba, no había duda. Pero, ¿qué tenía él para ofrecerle? ¿Tendría corazón para abandonar a su familia y llevar una relación con ella o con cualquier otra mujer? Pasó todo el día distraído, metido en sus pensamientos. Por más que trataba de trabajar, su mente estaba en otro lado.

—Lázaro—dijo Ramírez, su jefe—. ¿Me preparaste el reporte de las cuentas extranjeras que te pedí.

—En un momento se lo entrego, señor—contestó, dándose cuenta de que no podía seguir con su mente en el problema. No podía perjudicarse en su trabajo.

Terminó el día con sus niveles de ansiedad a millón. No había comido en todo el día, estaba mareado. Llegó al apartamento, se dio una ducha, pero le fue imposible probar bocado. Se sentó en una de las sillas del apartamento a ordenar sus pensamientos. A las ocho en punto tocaron la puerta. Él se levantó y abrió. Allí estaba Deborah, hermosa, seductora. Lista para ser amada.

—Lázaro—dijo—. No entiendo que pasó—dijo ella echándose en sus brazos, llorando.

—Lo siento. No te puedo corresponder. Mi vida está comprometida—contestó él apartándola para mirarla a los ojos.

—¿Es que tienes esposa?

—No. Es que no sabes nada de mi.

—Pues cuéntame, entonces. ¡Déjame entenderte!

Lázaro decidió abrirse a aquella mujer sin saber lo que había dentro de aquel corazón de piedra. Le contó de su niñez interrumpida. De sus obligaciones para con su familia. De su padre enfermo. Ella fingió entender. Él, que no esperaba su simulada reacción, pensó que todo lo que hablaban de ella, eran puras mentiras. ¡Deborah era una buena mujer! Ella ya lo había enredado sin que se diera cuenta. Esa noche hicieron el amor otra vez. Mientras él se hundía inocente en el fuego de aquella pasión, ella iba calculando cuál sería su próximo paso.

Las Gafas Maravillosas

Arminda tenía unas gafas de sol, marca Jennifer López, que le regaló su mamá en la Navidad pasada. Poco después de recibir el regalo se dio cuenta de que estas gafas tenían otras propiedades, además de guardarle los ojos de los furibundos rayos del sol. Estas sin iguales gafas le guardaban los ojos de todo lo que brillaba. Esto es, de todo. Y parece cosa de no creer pero poco a poco Arminda descubrió las virtudes de estas gafas maravillosas y empezó a usarlas hasta de noche. Por supuesto que sus amistades pensaron que algo raro le pasaba, que se estaba volviendo loca y los desconocidos que era alguna clase de excéntrica. Lo cierto que ni una cosa ni la otra, Arminda había descubierto en sus gafas un filtro para todo tipo de falsedades, mentiras, hipocresía y maldad.

La primera vez que Arminda experimentó el poder de sus gafas fue cuando se encontró con su amiga Marilú para almorzar juntas en un restaurante estilo parisiense, de estos que tienen mesas con sombrillas mirando hacia la calle y que estaban muy de moda en esos días. Arminda estaba atribulada y le estuvo contando a su amiga que encontraba a su novio Ramiro distante últimamente y que parecía como infatuado con alguna otra cosa, porque apenas tenía tiempo para ella. Marilú que en el fondo disfrutaba ver a su amiga en aquel estado, le respondió en tono malicioso, que sabría Dios que cosas estaba haciendo el Ramiro y que ella debía abrir muy bien sus ojos porque tal vez le engañaba con otra. En ese mismo momento el rostro de Marilú comenzó a descomponerse, algo así como una imagen borrosa que se contoneaba de un lado para el otro, con colores negro y naranja, envuelta como en fuego. Arminda se asustó con la imagen, se subió rápidamente las gafas y miró a Marilú que la miraba atentamente como esperando una reacción de ella. Arminda estaba confusa con lo que había visto y se colocó de nuevo las gafas lentamente y de nuevo la imagen borrosa que se aclaraba para que apareciera como en la televisión la imagen de Ramiro besándose con Marilú y haciéndole el amor.

Arminda se quedó callada un momento, confusa. Luego mirando a Marilú, como quien mira a una cucaracha blanca, le contestó que sí, que seguramente le engañaba con una mujerzuela barata que no le llegaba a ella ni a los talones y que de inmediato lo dejaría en libertad para que se arrastrara con ella. Marilú se sintió ofendida por supuesto, pero nada pudo decir, le tenía tanta envidia a Arminda y ahora su respuesta era como un gancho directo al hígado. Sin terminar de almorzar se despidió con la excusa de que tenía que acompañar a su mamá a contar plumas de pavo real.

Luego del almuerzo Arminda llamó a Ramiro para encontrarle lo más pronto posible. Él llegó rápidamente, preocupado por la impaciencia que presentía en la llamada. Ella lo esperó con las gafas puestas y le abrazó. Luego lo apartó escudriñando su cara y le preguntó si le amaba. La miró confundido por la pregunta y le dijo que sí, que la amaba, que era todo para él. Mientras hablaba su rostro se descomponía igual que el de Marilú. Arminda vio la imagen de la misma manera, como en un televisor, de Ramiro arrepentido luego de haberla engañado con Marilú. Tenía terror de que ella se enterara y se decía a sí mismo que había sido una estupidez haberla traicionado. Arminda se quitó las gafas y miró a Ramiro y le dijo que lo sabía todo. Que sabía que la había engañado con Marilú. Él trató de negarlo todo, pero fue en vano. Tal vez si lo hubiera aceptado habría sido mejor. De nada le sirvieron sus súplicas y sus lágrimas, Arminda cortó definitivamente con él. A pesar del dolor que su decisión le causaba, agradecía a sus gafas maravillosas haber descubierto su realidad antes de dar un paso adelante.

Y así sucedieron muchas cosas y las gafas siempre la previnieron de maldades. Un día sentada en el parque se le acercó un desconocido y se sentó a su lado. Ella lo miró y a través de sus gafas veía luces azules, rosadas y lavanda. De pronto, la imagen como de televisor, volvió y pudo ver una boda con muchas flores y tules. Pudo ver una casa hermosa con jardines adornados de girasoles enormes y hasta pudo percibir olores a sabrosos manjares, carnes asadas y pan recién horneado. Vió correr a dos preciosos niños por los jardines, riéndose a carcajadas. Ella se quitó las gafas, miró al desconocido y sonrió.