—Atilano mi amor, ¿qué te hicieron? — Lloraba la viuda desconsolada. — Es que no eras perfecto. Yo lo sé muy bien, pero aún así yo te adoraba —decía acariciando el féretro.
Su llanto era doloroso. Todo el que la escuchaba sentía lástima de ella y se preguntaban cómo a pesar de todas las humillaciones que Atilano le había hecho pasar aún le lloraba de aquella manera.
—Es que si yo hubiese estado en casa esa noche ésto no hubiera pasado. ¡Atilano! ¡Perdóname!
—Eugenia, no puedes seguir así. Si hubieras estado en la casa seguramente te habrían hecho daño a ti también—le dijo Margarita compadeciéndose de ella —. Ven. Siéntate aquí conmigo un rato.—La tomó de un brazo suavemente y la llevó al sofá donde se sentaron las dos. La funeraria estaba llena de políticos e hipócritas que hacían acto de presencia para que la prensa lo reseñara. La verdad a nadie le importaba que Atilano se hubiera muerto. Es más, para algunos era una alegría y para otros un alivio. Eugenia los miraba a todos sin verlos y respondía autómata a los saludos y a las condolencias.
—¿Dónde están Carlos y Dolorita?— preguntó Margarita maliciosa.
—No sé. Carlos está muy afectado. Lo he visto llorar creyendo que nadie lo ve — aseguró Eugenia. —Dolorita no se llevaba muy bien con Atilano. Creo que no le importa— dijo sin pensar que no hablaba con su mejor amiga.
—Los jóvenes son así. No te preocupes por eso— le respondió Margarita.
Después de esta breve conversación Eugenia se levantó del sofá y caminó alrededor del salón mirando a las personas que habían venido. Uno por uno los escudriñaba con la mirada y ellos no se atrevían ni a acercarse. Parecía que estaba a punto de escupirle en la cara lo que pensaba sin medirse en un momento como ese. Era una viuda y se sentía con el derecho de vomitar su dolor. De herir a otros para ver si se aliviaba ella. Tenía rabia. Con ella. Con el mundo. Con el grupo de hipócritas mal nacidos que venían a lamentarse y acompañarla. ¡A nadie le dolía!¡Nadie la acompañaba! Ni siquiera a Carlos ni a Dolorita. Ella estaba sola en su dolor. Luego regresó cabizbaja al lado del féretro y movió la tela fina que la separaba de Atilano. Tocó las manos frías de su esposo y las apretó. Después pasó su mano por la frente de su amor. ¡Qué esperanza de que estuviera dormido! ¡Qué esperanza de que despertara y se levantara de allí y siguiera con su frívola vida! Pero sus ojos se habían cerrado para siempre y Eugenia tendría que pasar por un largo camino de soledad y luto.
—¿Crees que tu padre me dejó algo en su testamento?— preguntó Dolorita a Carlos totalmente insensible a sus sentimientos.
—¡Dolorita! ¿Mi padre acaba de morir y tu estás pendiente de esas cosas? ¿No deberías estar pensando en lo triste que está tu mamá?— respondió el pasmado ante su indolencia.
—¡Bah! Mamá no me importa. ¿Qué? ¿Está llorando la muerte de su maridito? Cuando murió mi papá no la vi llorar tanto— escupió rencorosa.
—Dolorita…tal vez las cosas eran diferentes con tu papá— dijo Carlos tratando de mediar las cosas.
—Sí. Eran muy diferentes. Papá vivía para ella. La amaba. La respetaba. Jamás se fue con otra mujer. El día que papá murió peleaban por Atilano. Papá se enteró que mamá se veía a escondidas con tu padre. Salió destruido de la casa luego que mamá le dijo que era un perdedor. Tuvo un accidente, dicen, pero yo estoy segura que él se mató. Se mató por mamá—contestó ocultando las lágrimas en sus ojos.
