La maleta.4

Mariana abrió el maletero sobre su cabeza y bajó la pesada maleta de mano de nuevo. Se dobló en el pasillo para limpiar el líquido rojo que salía de los lados de la maleta y que estaba goteando. Sebastián se asomaba desde su asiento para tratar de ver lo que ella hacía, por si por casualidad ella abría la maleta para dar un vistazo sobre su contenido. Él había escuchado claramente cuando ella dijo “sangre”. Le preocupaba que ella hablaba con mucho despecho sobre su ex-novio, el que había conocido por el Facebook.

Cuando terminó de limpiar la maleta, Mariana volvió a colocarla en el maletero sobre su cabeza. Se notaba que cualquier cosa que estuviera adentro, pesaba bastante. Luego se fue al lavatorio de la parte trasera del avión. Abrió la llave y metió sus manos debajo de la pluma. Dejó correr el agua por un rato, observando como el líquido rojo se iba yendo de sus manos haciéndose cada vez más claro hasta desaparecer completamente drenaje abajo. Su mente se quedó en blanco mientras lo hacía. Luego se miró en el espejo. Agarró una servilleta de papel con la que se secó las manos y luego se la pasó por la cara. La echó en la basura y salió.

Volvió a su asiento justo cuando estaban avisando que se prepararan para el despegue del avión. Se sentó en el asiento al lado de Sebastián, callada y se puso el cinturón de seguridad.

—¿Todo bien? —preguntó Sebastián al ver que ella no hablaba.

—¿Ah? —reaccionó ella. Estaba completamente inmersa en sus pensamientos.

—¿Qué zi todo eztá bien? Te haz quedado callada de momento…

—Si, si… Perdón.

—Dizculpa que te pregunte… No zé si ezcuché bien, pero ¿tenéiz zangre en la maleta?

—¿Sangre? —preguntó Mariana, mirándolo extrañada—. Sangre… sangre… ¡Ahhhh! Sangre… ¿Te refieres al líquido rojo que salió de mi maleta?

—Pues ziiiiii…

—¡Ah! Esa es la sangre de mi ehcultura… Es solo pintura roja. Creo que ya te lo había dicho. ¡Pero cómo ereh de preguntón!

—Ez que hablábamoz de la primera vez con tu ez-novio y de momento zalistéiz con ezo de la zangre…

—Jajaja… Ya veo… Lo que quiereh eh que te termine el cuento de la primera veh que ehtuve con el anormal aquel…

—No… Ez que eztabaíz hablando de ezo…

—Eh cierto… Pueh continúo, mi amol… —dijo Mariana, acariciando suavemente el brazo de Sebastián—. ¿Por dónde iba?

—Bueno, deziaíz que él te hablaba al oído y que no tenía priza, blah, blah, blah…

—Ah, sí… Eh cierto —dijo ella recapitulando—. Pueh como te iba diciendo, cuando ya yo ehtaba super caliente, me llevó al cuarto. Lo tenía todo preparado, con pétaloh de rosah, champán y yo que me moría porque el hombre entrara en acción. Y él dehpacio. Sin prisa. Me fue dehnudando poco a poco. Yo mojada, ya tu sabeh… ahí, entre lah piernah…entonceh me dice que se lo chupe.

—¿Ah? Bueno… Ezo ez natural… digo, el zexo oral, ez muy natural…

—Nooooo… ¡No era sexo oral lo que quería! Quería que le chupara el dedo gordo del pie… Ehpecíficamente del pie izquierdo…

—¡¿Qué?! —preguntó Sebastián quien apenas podía contener la risa—. ¡Joder! Ezo zí que zuena muy enfermo…

—Te lo digo… Ooooyeeee… ¡Yo no sé tu nombre!

—Es zierto, nunca te lo dije… —contestó enrojecido por el ataque de risa—. Zebastián, me llamo Zebastián. Y a mi no me guzta que me chupen loz dedoz de los piez… Jajaja —reía sin poder parar.

—No eh nada gracioso —dijo Mariana muy seria—. Sobretodo cuando tu quiereh chingar y te salen con eso.

—Ez que ezto ez como para morirze de la riza… Perdón, perdón, perdóname Mariana.

Golpe de Estado.15

Entré de prisa al hospital y pregunté en cuál habitación se encontraba José. La noche anterior había estado en la sala de urgencias y suponía que durante el día lo trasladarían a una habitación privada. Cuando pregunté por él, la enfermera comenzó a buscar en la computadora por su nombre. Empecé a sentirme nerviosa porque pensé que no lo encontraban. En eso la enfermera me pidió que la acompañara a la oficina del Director Médico del hospital. Cuando abrió la puerta, él me estaba esperando.

Buenas tardes, Licenciada—dijo—. Soy el doctor Gutierrez y dirijo este hospital. Esta tarde di instrucciones que si usted llegaba a ver al señor Perdomo le trajeran directamente a mi oficina. Disculpe el inconveniente.

—¿Pasa algo, doctor? ¿Le pasa algo a José?—pregunté inquieta. La sola idea de que le sucediera algo me aterraba.

No. No pasa nada—dijo—. Licenciada, este caso es tratado con un cuidado especial. Según la Policía, el ataque al que fue sometido el señor Perdomo no fue al azar. Tiene que ver con su trabajo. Yo personalmente estoy ocupándome. Quería conocerle porque mientras él está sedado, dice su nombre insistentemente, por lo que me hace pensar que siente una gran preocupación por usted—. Se arregló los anteojos y continuó—. He trasladado al paciente para un ala del edificio que es muy segura y a donde no puede entrar nadie que no este autorizado por mi. El oficial de la Policía asignado está en la puerta veinticuatro horas y he tomado las medidas de seguridad necesarias. Venga—dijo señalando el camino—. La conduzco a dónde está—. Mientras caminábamos por un largo pasillo me preguntaba si Eddie estaría desesperado esperando por mi afuera. No podía hacer otra cosa. No podía llamar para avisarle. Continué caminando junto al doctor hasta que se detuvo en la puerta de una oficina. Un guardia de seguridad armado me saludó. El doctor abrió la puerta y me invitó a pasar con un gesto de su mano. La habitación estaba oscura y él encendió una luz tenue que me permitía ver los equipos médicos que rodeaban a mi amigo. Estaba dormido. Me acerqué lentamente sin atreverme a hacer ruido. De repente la mano de José me agarró el brazo.

Laura—dijo—. Acércate, por favor.

No hables mucho, amigo—dije con voz entrecortada—. No hagas esfuerzo.

Tienes que salir de tu casa. No te quedes allá. Esconde a tus hijos—. Su voz me urgía a obedecerle—. Las personas que me atacaron piensan que me asesinaron. No saben que sigo vivo. Cuando me dejaron anoche estaban seguros de que no viviría para contarlo o para avisarte a ti. Les escuché decir que irían tras de ti. No vayas a tu casa, por favor. No podría soportar que algo te pasara. Perdóname por ponerte en riesgo a ti y a tus hijos—dijo llorando.

José, no te pongas así—. Traté de consolarlo aunque lo que decía me aterraba—. Este es nuestro trabajo. Tu no has hecho nada que no tuvieras que hacer. ¿Qué íbamos a imaginarnos que las cosas se pusieran de este color? Yo tampoco podría soportar que algo te pasara. Tienes que recuperarte amigo—dije entre sollozos.

José, ¿qué fue lo que trataste de decirme cuándo te trajeron al hospital?

Busca en mi carro. En el forro encima de la visera, ahí está el documento. Destrúyelo.

El doctor Gutierrez había salido de la habitación para dejarnos hablar en privado.

Amigo, no te preocupes. Buscaré el documento. Tampoco me quedaré en la casa. Ni mis hijos ni yo—aseguré—. Ya hice los arreglos y el Comandante de la Policía me está custodiando—. Besé a José en la frente. Me despedí, mientras él hacía un esfuerzo por sonreir.

Pronto estaremos a la carga de nuevo—dijo con dificultad. Luego cerró los ojos e hizo un gesto con su mano para que me fuera. Gutierrez me acompañó y le dio instrucciones de nuevo al guardia que custodiaba la puerta de la habitación donde estaba mi amigo. Parecía mentira que los corruptos estuvieran en la calle y José y yo estuvieramos custodiados por la Policía. Toda la situación era irónica. Cuando salí del hospital Eddie me estaba esperando recostado de la patrulla.

Perdona, Eddie. Es que a José lo tienen en un área de seguridad y me tomó un rato encontrarlo.

No te preocupes. Mientras te esperaba hice los arreglos para que trasladaran a tus hijos a la casa de la Teniente Estrada. De aquí vamos para allá a recogerlos y seguimos para la casa de tu amiga—dijo sin ningún reproche. Conociéndolo pensé que la situacion para mi era terrible. Su única preocupación en ese momento era mantenerme segura y proteger a mis hijos.

Necesito ir a dónde está el carro de José.

¿Cómo? ¿Estás loca?

No, no estoy. Por favor, llévame. Te lo ruego. Es muy importante.

Eddie me llevó contrariado. Pidió que nos dejaran solos en el solar donde estaban los autos. Le pedí que me dejara buscar en el carro a solas. Aceptó y se alejó. Fui directamente a dónde me dijo José y allí estaba el documento. Lo escondí entre mi pantalón y la blusa.

¿Qué buscabas?—preguntó curioso.

No puedo decirte.

Ya sé. El misterio.

Eran como las cinco de la tarde cuando llegamos a la casa de la Teniente Estrada. Era una mujer alta y morena, como de unos cuarenta y cinco años. Se acercó a mi y extendió su mano.

Licenciada, un placer. Soy la Teniente Estrada. Sus niños están adentro jugando con mi hijo. Ya comieron y se encuentran en perfectas condiciones—dijo con voz serena.

Gracias por sus cuidados y atenciones, Teniente. Le estoy y estaré eternamente agradecida—contesté dirigiéndome al interior de la residencia. En la sala estaban mis niños jugando juegos electrónicos con el hijo de la Teniente. Cuando me vieron, soltaron los controles y corrieron hacia mi.

Mamá, ¿qué está pasando? ¿Por qué nos trajeron aquí?—preguntó el mayor. Yo no sabía qué decir. ¿Cómo le explicaba a mi niño que mi trabajo representaba un peligro para ellos? ¿Cómo les explicaba que no irían a la escuela por unos días, que en realidad eran indefinidos? ¿Cómo les decía sin transmitirles el miedo que me aterrorizaba?

Mi amor, hay cosas que no puedo explicarte muy bien porque no sé cómo. Lo único que puedo decirte es que iremos a pasar unos días con Bianca, estaremos de vacaciones—contesté.

Los niños al escuchar que iríamos a pasar unos días con su madrina se olvidaron de las preguntas y comenzaron a saltar de la alegría. Ir a la casa de Bianca para ellos era una fiesta. La adoraban. Sabían que unos días en su casa significaban diversión, alegría y entretenimiento. Respiré aliviada. Me volví a la Teniente y a Eddie que observaban callados la escena. La Teniente sonrió con dulzura.

Bien, Licenciada. Salgamos hacia la casa de su amiga—dijo Eddie—. Muchachos, recojan los bultos que nos vamos—dijo a los niños y estos obedecieron de inmediato.

Gracias, Teniente—. Me despedi con un abrazo.

Fue un placer, Licenciada. Por favor, cuídese y cuide a sus niños.

Llegamos a la casa de Bianca a eso de las ocho de la noche. Ya había oscurecido. Los niños se bajaron corriendo de la patrulla y fueron a abrazarse a su madrina. Ella los besó y les abrazó con amor. Luego vino hasta la calle y me abrazó.

Bianca, este es el Comandante Igartua—. Ella se acercó a Eddie, le extendió la mano y le dirigió una sonrisa cálida.

Un placer, Comandante. Yo soy Bianca. Laura, voy a ver que necesitan los niños—dijo alejándose. Por supuesto Bianca sabía perfectamente la relación que teníamos Eddie y yo, y quería dejarnos solos para que hablaramos antes de que él se fuera.

Un placer, señora—respondio Eddie.

Laura, por favor, cualquier cosa que suceda, ruido, llamadas, carros que pasen despacio, me llamas. Tienes mi número de celular. Yo estaré pendiente—dijo—. No corras ningún riesgo. Entra a la casa, cierren la puerta y no abran a nadie hasta mañana. Yo vendré temprano y te llevaré al trabajo. ¿Está bien?—preguntó mirándome a los ojos con una genuina preocupación.

Si, Eddie. Haré lo que tu digas—contesté agotada. Él me besó en los labios. Me abrazó como nunca lo había hecho desde que le conocí. Caminé hasta la puerta y él esperó hasta que la cerré. Me recosté de ella, suspiré y caminé hacia el salón. Allí estaba Bianca con mis hijos y con mil preguntas en sus ojos.

Ya están bien mis ahijados. Tienen galletitas, leche y una buena película. Ahora tu y yo tenemos mucho de qué conversar. Vamos a mi cuarto—. La seguí autómata–. ¿Qué carajo es lo que está pasando?—preguntó tan pronto llegamos a su habitación.

¡Ay, amiga! El cuento puede durar hasta mañana—dije.

Pues tengo hasta mañana para escucharlo. ¿Qué es lo que está pasando?

Me senté y comencé a contarle. Por momentos lloraba desesperada. Por momentos le pedía perdón por haber ido a su casa. No sabía que hacer. Estaba desesperada. Mi amiga me escuchó y me abrazó con ternura.

No te preocupes amiga. Aquí era a dónde tenias que venir. Sabes que esta es tu casa. Tu y tus hijos estarán bien aquí. ¿Y Eddie?

Él se ha portado más que bien, Bianca. No me ha dejado un momento. Ha cuidado de mi desde ayer, desde que lo llamé. Ha protegido a mis hijos. Hoy, le perdono todas las lágrimas que me ha hecho derramar. Hoy he sentido su amor, eso es todo lo que puedo decirte—contesté.

Pues si es así, todo esto ha valido la pena—respondió mi amiga.

Golpe de Estado.12

Eddie, no puedo explicarte todo, pero estamos en peligro. ¡Mis niños están en peligro!—dije ansiosa—. Se trata de mi trabajo y son asuntos confidenciales, que no puedo compartir contigo, ni con nadie. Solo puedo decirte que el abogado que trabaja conmigo acaba de salir de aquí hace como media hora y cuando venía para acá lo siguieron. Nadie sabía que trabajamos aquí hasta hoy. Hay algunos asuntos que no podemos ventilar en el capitolio, por razones que no te puedo decir. Solo te pido, que confies en lo que te digo. Tengo miedo. Quienquiera que sea sabe ahora que es posible que yo tenga documentos confidenciales en mi casa y mis hijos están aquí—expliqué entre lágrimas cada vez más desesperada.

Mi ángel—dijo, buscando mis ojos—. No tengas miedo. Yo estoy aquí para ti. No tengo claro de que se trata el asunto, pero tratándose de ti, no tienes que darme más explicaciones. Voy a llamar para poner vigilancia a tu casa. Diré que recibiste una amenaza para que se justifique. Solo quiero saber una cosa. ¿Es muy peligroso lo que estás haciendo?

Sí—contesté—. Ahora sé que si lo es.

Tenía ganas de contarle todo, para que entendiera la gravedad. “Nada más se trata de un asesinato y sospechamos que un bufete super prestigioso y con muchas conecciones en el gobierno tiene que ver con esa muerte…”. Pero sabía que no podía decir nada, que me tenía que callar. Eddie solo sonrió y supe que estaba segura. Me besó en la boca. Me abrazó fuerte. Hizo una llamada y enseguida se presentó una patrulla. Fue hacia ella y habló con el oficial. Se fue haciéndome una señal de que entrara a la casa. Volví a sentarme en el sofá a esperar la llamada de José. Ya eran la una y treinta de la madrugada. Me daba rabia que José no tuviera celular y que yo no tuviera manera de comunicarme con él. Tanto que se lo había dicho, pero él y sus manías de que lo podían interceptar no lo dejaban modernizarse. ¿Debía llamar a Carmelo a esa hora? Era tarde. Yo seguía a media luz y cada ratito miraba por la ventana y allí estaba el policía que Eddie había dejado. A las tres de la mañana ya no podía esperar más.

¿Hola?—contestó Carmelo. Se notaba que estaba dormido.

Carmelo, es Laura. Perdona que te llame a esta hora. Es que estoy preocupada. ¿A qué hora salió José de tu casa?

¿Qué hora es? ¿José?—. Un silencio largo al otro lado de la línea me heló la sangre. Escuché ruido, como quien busca en la oscuridad—. Perdona Laura. Es que estoy medio dormido. Déjame prender la luz—dijo—. Son las tres de la mañana. ¿Qué pasó? ¿Por qué me llamas a esta hora?

Carmelo, te pregunté que a qué hora se fue José de tu casa—. Mi voz estaba ahogada.

¿José? No, yo no lo he visto. No sé de él. Él me llamó esta tarde a la oficina y dijo que iba a preparar un documento contigo y que venía después a mi casa Pero a las once pensé que ya no vendría y me acosté. ¿Preparó el documento?

En este punto ya mi voz estaba entrecortada. Todas las malas ideas posibles pasaban por mi mente en un instante.

Carmelo,—dije en total pánico—. Él salió de aquí a las diez treinta en dirección a tu casa.

¿Qué? Te llamo en un momento—. Colgó evidentemente agitado. Yo me quedé histérica, sin saber que hacer. En eso tocaron a mi puerta. Casi no podia levantarme del sofá. Entonces escuché la voz de Eddie llamándome. Abrí la puerta enseguida y me eché en sus brazos. Él me abrazó callado por un momento.

Acompáñame—dijo con voz muy calmada. Tu amigo está en el hospital y quiere hablar contigo.

No tuvo que decirme el nombre de mi amigo. Sabía que era José.

Golpe de Estado.10

Nelson y Alfonso me están presionando para que les de información sobre la investigación.

¡Hum! Con que tienen prisa con el asunto del Departamento. Tiene que ser que llamaron del Bufete Hernandez, Parra y Meléndez—dijo en tono sarcástico—. ¡Esta gente sí que trabaja rápido!Chica, es que no había tenido tiempo y no te había dicho nada —dijo—. Ayer me presente en el Bufete y pedí hablar con Andrés Hernández que es el socio principal. La secretaria, una muñeca. ¡Dios mío! Me dijo que estaba. Llamó a la oficina y habló con alguien que supongo era él y me anunció. La vi que se puso roja y nerviosa, como que la estaban regañando y la escuché decir,

Está bien. Le indicaré que usted se encuentra ocupado en este momento y que debe sacar una cita para otro momento”.

Colgó el intercomunicador y me miró como asustada. Yo le dije,

No se preocupe, señorita. A todos nos sucede esto de vez en cuando. Lamentablemente, esto es un asunto de cierta urgencia y me pregunto si puedo hablar con cualquiera de los otros de los socios”.

Ella se incomodó, pero sabiendo que no iba a dejar de insistir fue a verificar si alguien podía atenderme. Desapareció por una de las puertas del largo pasillo. Me llamó la atención que el teléfono sonaba y en alguna otra extensión alguien parecía contestar. Como quince minutos después salió por la misma puerta y me dijo,

El licenciado Hernández siente mucho haberlo hecho esperar, Licenciado Perdomo. Pase por aquí”.

La seguí por el largo pasillo. Ella abrió la misma puerta por la que había salido y me invitó a pasar. Al entrar me encontré en una inmensa oficina pintada en dos tonos de azul, uno azul pálido y el otro oscuro. De la entrada a donde estaba el escritorio eran como treinta pasos. Estaba decorada con hermosos óleos de desnudos de vívidos colores y de formas impresionantes. Me pregunté si eran réplicas numeradas u originales. El escritorio era un cómodo mueble de caoba oscura con una enorme credenza en la que pude observar estatuas de arte moderno. Tenía un librero con una colección de libros antiguos, algunos jurídicos, pero la mayoría eran de literatura clásica. Sobre el escritorio tenía una computadora, el intercomunicador y un teléfono con varias líneas. Su celular estaba sobre el escritorio, junto a un hermoso letrero dorado con su nombre y varios expedientes cerrados. Observé que en la oficina había una mesa de conferencias con doce sillas y cada puesto tenía una computadora. Frente al escritorio estaba un sofá de piel italiana azul marino. Con un gesto de su mano lo apuntó para que me sentara. Me miró unos segundos como estudiándome y me preguntó,

¿En qué puedo servirle, Licenciado Perdomo?”.

Yo tenía conmigo copia de los cheques cancelados del Departamento de Agricultura que te enseñé el otro día, los de doscientos mil dólares cada uno. Se los mostré y no se inmutó para nada hasta que vio el que estaba a nombre del Bufete. Noté que frunció el ceño y enrojeció. Se movió nerviosamente en la silla y hechándose hacia atrás me miró y me dijo que hacía algún tiempo el Bufete había dado servicios al Departamento. Le pregunté qué clase de servicios y se sonrió irónicamente diciéndome,

¿Qué clase de servicios? Obviamente consultoría legal, Licenciado”.

Yo también me heché hacia atrás en aquel cómodo sofá de piel y le dije,

Obviamente, sé que se trata de consultoría legal, pero, ¿con qué propósito? ¿Recuerda usted de que caso se trata?”.

El contestó,

Licenciado, usted mejor que nadie sabe que no puedo darle la información sobre mis casos, son asuntos confidenciales”.

Ahí salté y le dije que en este caso se trata de un cuerpo legislativo solicitando información a través de un Senador sobre la utilización de fondos públicos.

En ese caso”, me dijo, “entonces pida una orden al tribunal para yo descubrir esa información al Senador. No quiero tener ninguna demanda por mala práctica. ¿Usted entiende?”.

Asentí. Me levanté, añadiendo antes de salir,

Entonces no tendré más remedio que acudir al tribunal. Que pase buen día.” Y ahí quedó el asunto. Salí y cuando me subí al carro me di cuenta de que un carro me seguía, hasta que llegué aquí.

¿Y qué piensas hacer? — pregunté preocupada de que le hubieran  seguido. No era la primera vez que José tenía esa experiencia desde que iniciamos esta investigación. No solo le habían seguido sino que habían tratado de sacarlo del camino, pero en esa ocasión, venía una patrulla de la policía en sentido contrario y José hizo sonar el claxon para llamar la atención. Los policías se detuvieron y él les indicó que le seguía un vehículo y que trataba de sacarle del camino. Para ese entonces ya el vehículo había desaparecido pero de todos modos se hizo el reporte. Al otro día, se publicó en la prensa el incidente.

Tengo que hablar con Carmelo para pedirle que me permita acudir al tribunal para que el Bufete tenga que entregarme esa información. Se que van a decir que es privilegiada abogado-cliente y todo eso. Pero si se dieron unos servicios a una agencia del gobierno y el Senado tiene la potestad de investigar sobre la utilización de los fondos gubernamentales, no creo que el tribunal deniegue la orden.

Bien, pues vamos a preparar esa petición de inmediato. ¿Pero sabes qué? Mejor vamos a mi casa a prepararla. No sé, pero me parece que están viendo mi computadora en la oficina. Sabes que es muy facil hacerlo—insistí.

Está bien. Allá nos vemos esta noche—. Y se despidió.