Entré de prisa al hospital y pregunté en cuál habitación se encontraba José. La noche anterior había estado en la sala de urgencias y suponía que durante el día lo trasladarían a una habitación privada. Cuando pregunté por él, la enfermera comenzó a buscar en la computadora por su nombre. Empecé a sentirme nerviosa porque pensé que no lo encontraban. En eso la enfermera me pidió que la acompañara a la oficina del Director Médico del hospital. Cuando abrió la puerta, él me estaba esperando.
—Buenas tardes, Licenciada—dijo—. Soy el doctor Gutierrez y dirijo este hospital. Esta tarde di instrucciones que si usted llegaba a ver al señor Perdomo le trajeran directamente a mi oficina. Disculpe el inconveniente.
—¿Pasa algo, doctor? ¿Le pasa algo a José?—pregunté inquieta. La sola idea de que le sucediera algo me aterraba.
—No. No pasa nada—dijo—. Licenciada, este caso es tratado con un cuidado especial. Según la Policía, el ataque al que fue sometido el señor Perdomo no fue al azar. Tiene que ver con su trabajo. Yo personalmente estoy ocupándome. Quería conocerle porque mientras él está sedado, dice su nombre insistentemente, por lo que me hace pensar que siente una gran preocupación por usted—. Se arregló los anteojos y continuó—. He trasladado al paciente para un ala del edificio que es muy segura y a donde no puede entrar nadie que no este autorizado por mi. El oficial de la Policía asignado está en la puerta veinticuatro horas y he tomado las medidas de seguridad necesarias. Venga—dijo señalando el camino—. La conduzco a dónde está—. Mientras caminábamos por un largo pasillo me preguntaba si Eddie estaría desesperado esperando por mi afuera. No podía hacer otra cosa. No podía llamar para avisarle. Continué caminando junto al doctor hasta que se detuvo en la puerta de una oficina. Un guardia de seguridad armado me saludó. El doctor abrió la puerta y me invitó a pasar con un gesto de su mano. La habitación estaba oscura y él encendió una luz tenue que me permitía ver los equipos médicos que rodeaban a mi amigo. Estaba dormido. Me acerqué lentamente sin atreverme a hacer ruido. De repente la mano de José me agarró el brazo.
—Laura—dijo—. Acércate, por favor.
—No hables mucho, amigo—dije con voz entrecortada—. No hagas esfuerzo.
—Tienes que salir de tu casa. No te quedes allá. Esconde a tus hijos—. Su voz me urgía a obedecerle—. Las personas que me atacaron piensan que me asesinaron. No saben que sigo vivo. Cuando me dejaron anoche estaban seguros de que no viviría para contarlo o para avisarte a ti. Les escuché decir que irían tras de ti. No vayas a tu casa, por favor. No podría soportar que algo te pasara. Perdóname por ponerte en riesgo a ti y a tus hijos—dijo llorando.
—José, no te pongas así—. Traté de consolarlo aunque lo que decía me aterraba—. Este es nuestro trabajo. Tu no has hecho nada que no tuvieras que hacer. ¿Qué íbamos a imaginarnos que las cosas se pusieran de este color? Yo tampoco podría soportar que algo te pasara. Tienes que recuperarte amigo—dije entre sollozos.
—José, ¿qué fue lo que trataste de decirme cuándo te trajeron al hospital?
—Busca en mi carro. En el forro encima de la visera, ahí está el documento. Destrúyelo.
El doctor Gutierrez había salido de la habitación para dejarnos hablar en privado.
—Amigo, no te preocupes. Buscaré el documento. Tampoco me quedaré en la casa. Ni mis hijos ni yo—aseguré—. Ya hice los arreglos y el Comandante de la Policía me está custodiando—. Besé a José en la frente. Me despedí, mientras él hacía un esfuerzo por sonreir.
—Pronto estaremos a la carga de nuevo—dijo con dificultad. Luego cerró los ojos e hizo un gesto con su mano para que me fuera. Gutierrez me acompañó y le dio instrucciones de nuevo al guardia que custodiaba la puerta de la habitación donde estaba mi amigo. Parecía mentira que los corruptos estuvieran en la calle y José y yo estuvieramos custodiados por la Policía. Toda la situación era irónica. Cuando salí del hospital Eddie me estaba esperando recostado de la patrulla.
—Perdona, Eddie. Es que a José lo tienen en un área de seguridad y me tomó un rato encontrarlo.
—No te preocupes. Mientras te esperaba hice los arreglos para que trasladaran a tus hijos a la casa de la Teniente Estrada. De aquí vamos para allá a recogerlos y seguimos para la casa de tu amiga—dijo sin ningún reproche. Conociéndolo pensé que la situacion para mi era terrible. Su única preocupación en ese momento era mantenerme segura y proteger a mis hijos.
—Necesito ir a dónde está el carro de José.
—¿Cómo? ¿Estás loca?
—No, no estoy. Por favor, llévame. Te lo ruego. Es muy importante.
Eddie me llevó contrariado. Pidió que nos dejaran solos en el solar donde estaban los autos. Le pedí que me dejara buscar en el carro a solas. Aceptó y se alejó. Fui directamente a dónde me dijo José y allí estaba el documento. Lo escondí entre mi pantalón y la blusa.
—¿Qué buscabas?—preguntó curioso.
—No puedo decirte.
—Ya sé. El misterio.
Eran como las cinco de la tarde cuando llegamos a la casa de la Teniente Estrada. Era una mujer alta y morena, como de unos cuarenta y cinco años. Se acercó a mi y extendió su mano.
—Licenciada, un placer. Soy la Teniente Estrada. Sus niños están adentro jugando con mi hijo. Ya comieron y se encuentran en perfectas condiciones—dijo con voz serena.
—Gracias por sus cuidados y atenciones, Teniente. Le estoy y estaré eternamente agradecida—contesté dirigiéndome al interior de la residencia. En la sala estaban mis niños jugando juegos electrónicos con el hijo de la Teniente. Cuando me vieron, soltaron los controles y corrieron hacia mi.
—Mamá, ¿qué está pasando? ¿Por qué nos trajeron aquí?—preguntó el mayor. Yo no sabía qué decir. ¿Cómo le explicaba a mi niño que mi trabajo representaba un peligro para ellos? ¿Cómo les explicaba que no irían a la escuela por unos días, que en realidad eran indefinidos? ¿Cómo les decía sin transmitirles el miedo que me aterrorizaba?
—Mi amor, hay cosas que no puedo explicarte muy bien porque no sé cómo. Lo único que puedo decirte es que iremos a pasar unos días con Bianca, estaremos de vacaciones—contesté.
Los niños al escuchar que iríamos a pasar unos días con su madrina se olvidaron de las preguntas y comenzaron a saltar de la alegría. Ir a la casa de Bianca para ellos era una fiesta. La adoraban. Sabían que unos días en su casa significaban diversión, alegría y entretenimiento. Respiré aliviada. Me volví a la Teniente y a Eddie que observaban callados la escena. La Teniente sonrió con dulzura.
—Bien, Licenciada. Salgamos hacia la casa de su amiga—dijo Eddie—. Muchachos, recojan los bultos que nos vamos—dijo a los niños y estos obedecieron de inmediato.
—Gracias, Teniente—. Me despedi con un abrazo.
—Fue un placer, Licenciada. Por favor, cuídese y cuide a sus niños.
Llegamos a la casa de Bianca a eso de las ocho de la noche. Ya había oscurecido. Los niños se bajaron corriendo de la patrulla y fueron a abrazarse a su madrina. Ella los besó y les abrazó con amor. Luego vino hasta la calle y me abrazó.
—Bianca, este es el Comandante Igartua—. Ella se acercó a Eddie, le extendió la mano y le dirigió una sonrisa cálida.
—Un placer, Comandante. Yo soy Bianca. Laura, voy a ver que necesitan los niños—dijo alejándose. Por supuesto Bianca sabía perfectamente la relación que teníamos Eddie y yo, y quería dejarnos solos para que hablaramos antes de que él se fuera.
—Un placer, señora—respondio Eddie.
—Laura, por favor, cualquier cosa que suceda, ruido, llamadas, carros que pasen despacio, me llamas. Tienes mi número de celular. Yo estaré pendiente—dijo—. No corras ningún riesgo. Entra a la casa, cierren la puerta y no abran a nadie hasta mañana. Yo vendré temprano y te llevaré al trabajo. ¿Está bien?—preguntó mirándome a los ojos con una genuina preocupación.
—Si, Eddie. Haré lo que tu digas—contesté agotada. Él me besó en los labios. Me abrazó como nunca lo había hecho desde que le conocí. Caminé hasta la puerta y él esperó hasta que la cerré. Me recosté de ella, suspiré y caminé hacia el salón. Allí estaba Bianca con mis hijos y con mil preguntas en sus ojos.
—Ya están bien mis ahijados. Tienen galletitas, leche y una buena película. Ahora tu y yo tenemos mucho de qué conversar. Vamos a mi cuarto—. La seguí autómata–. ¿Qué carajo es lo que está pasando?—preguntó tan pronto llegamos a su habitación.
—¡Ay, amiga! El cuento puede durar hasta mañana—dije.
—Pues tengo hasta mañana para escucharlo. ¿Qué es lo que está pasando?
Me senté y comencé a contarle. Por momentos lloraba desesperada. Por momentos le pedía perdón por haber ido a su casa. No sabía que hacer. Estaba desesperada. Mi amiga me escuchó y me abrazó con ternura.
—No te preocupes amiga. Aquí era a dónde tenias que venir. Sabes que esta es tu casa. Tu y tus hijos estarán bien aquí. ¿Y Eddie?
—Él se ha portado más que bien, Bianca. No me ha dejado un momento. Ha cuidado de mi desde ayer, desde que lo llamé. Ha protegido a mis hijos. Hoy, le perdono todas las lágrimas que me ha hecho derramar. Hoy he sentido su amor, eso es todo lo que puedo decirte—contesté.
—Pues si es así, todo esto ha valido la pena—respondió mi amiga.
