Un día normal

Es un día normal,

camino a la escuela

veo al chico que me gusta

y me da una tarjeta.

Sonrío.

Uno como cualquier otro,

repaso la lección que impartiré

hoy,

y escribo en el pizarrón

«Página noventa y tres».

Un día soleado,

jugaré al futbol con mis amigos

al salir a las tres:

mi vida es maravillosa.

Me río de mi novio,

14 de febrero:

Día del amor…

quiere hacerlo conmigo

por primera vez…

Pratatatatá, pratatatatá…

¡Se oyen mil disparos!

Y me echo al suelo,

texteo a mi madre,

«Hay un tiroteo»

¡Voy a morir hoy!

¡Todo se termina!

Pratatatatá, pratatatatá…

Mi vida comienza,

no quiero morir.

¿Dónde estás mamita?

Tengo mucho miedo.

Pratatatatá, pratatatatá…

¿Dónde está mi niño?

Le ruego que diga,

es la luz de mi vida

y solo tiene catorce años.

Pratatatatá, pratatatatá…

¡Tengo derecho a tener armas!

¡Tengo derecho a defenderme,

lo dice la Constitución!

Mi derecho es más importante

que la vida,

me apoya el Presidente.

Pratatatatá, pratatatatá…

El político mira hacia el lado,

Blah, blah, blah, blah, blah…

Sus manos están llenas

de sangre y corrupción.

Pratatatatá, pratatá…

Son solo diecisiete,

diecisiete… esta vez.

imagen: pixabay.com

 

 

 

 

La escena

Silvia abre la puerta y entra. Tiene un vestido de estampado animal ajustado y unos estiletos negros de charol. Armando se levanta del sofá tan rápido que pareciera como si tuviera un resorte. La mira con rabia. Ella pone su bolso sobre la mesa y se dirige a él. Sin mediar palabra alguna, ella saca la mano, le pega una y otra vez. Él aguanta las bofetadas pero se cansa y le agarra la mano. Ella intenta agredirlo con las uñas, pero él la sostiene por las muñecas para evitar que siga pegándole.

Silvia le escupe la cara y es cuando Armando ya no soporta tanta violencia. No se han dicho nada, es cierto, pero él ya no está dispuesto a permitir este maltrato y le cruza la cara de un golpe que la tira al piso. Ella se queda tirada, mirando el suelo y con el dorso de la mano se limpia un hilito de sangre que le sale de la esquina de la boca. Se levanta poco a poco, trastabillando, nerviosa. Una lágrima recorre su rostro sombrío.

¡Cooooooorrrrteeeeen!!! —grita el director de la telenovela.

Copyrighted.com Registered & Protected  VODQ-HUOE-FCRJ-7KPZ

La maleta.5

Mariana estaba incómoda con la eufórica reacción de Sebastián, sobretodo porque los demás pasajeros hicieron silencio para escuchar la conversación que parecía ser tan interesante. Él por fin paró de reír, mientras se disculpaba por su falta de discreción.

—Ahora, dime Mariana, ¿acazo voz también teneíz algún fetiche?

—Que yo sepa, no… Nada, la veldad creo que soy nolmalita. Una que otra posición del Kama Sutra, de esah que se pueden hacel y que no te quedah con torticolih.

Ambos rieron.

—Cuéntame, después de lo del dedo gordo, ¿qué pazó? Finalmente, ¿ze lo chupazte?

—Pueh no… Eso fue un problema. Esa noche, que se suponía que iba a sel espectaculal, la pasamoh hablando sobre nuestroh gustoh sexuales. La cosa fue que yo trancé con chuparle el bendito dedo si me certificaba que se había hecho una pedicura reciente.

—¡Una pedicura! —dijo la señora que estaba al otro lado del pasillo.

Mariana se volteó furiosa.

—Mire señora, que eh de muy mala educación que uste’ esté escuchando conversaciones privadas…

—Bueno, mi’ja… Aquí no hay mucho espacio para la privacidad. Si quieres privacidad vas a tener que irte a un hotel.

—¡Oiga! Pero uste’ está fuera de olden… Vieja lengua lalga…

—Y tu señorita piernas flojas —contestó la mujer haciendo un gesto obsceno con las manos.

—Is there any problem in here? —preguntó la asistente de vuelo.

—No, nozing iz happening… juzt a mizunderztanding —intervino Sebastián sonriendo, halando suavemente por el brazo a Mariana que ya estaba a punto de salirse del asiento—. Niña —dijo dirigiéndose a ella—, te van a zacar del avión por terrorizta.

—Pero eh que la vieja ehta eh una metía —susurró ella.

—¡Hala, Mariana! Que no es para tanto —dijo Sebastián conciliador—. Anda, continúa tu hiztoria, que no ibaz a chupar zi no había pedicura… De todoz modoz me pareze horrible… pero vale, por alguna razón habráz zedido…

—Sí, una muy buena razón. Serapio tenía un cuatro por cuatro bien acepilla’o y que sabía usal muy bien…

—¿Zerapio? Pero qué nombrezito… ¿Y qué carajoz es un cuatro por cuatro y todo lo demáz?

—Jajaja… ¿No sabes nada de construcción?

—No mucho, lo bázico.

—Pues un cuatro por cuatro es un madero de cuatro pulgadah de ancho por cuatro pulgadah de ehpesor. Es una metáfora, hombre… Quise decir que Serapio lo tenía grande. La cosa eh que…

Sebastián miraba a Mariana mover sus labios pero ya no la escuchaba. En esos momentos se acordó de su loca. Los labios de Mariana le recordaban los de ella, suaves, jugosos, carnosos. Recordaba los momentos maravillosos que había pasado con ella. Momentos inolvidables. De pronto se le olvidaba todo lo malo que había pasado. Sus arranques. Sus celos infundados. Sus peleas frente a todo el mundo. Los golpes… No. Los golpes no los podía olvidar. Ni los arañazos. Y no los arañazos de pasión, sino los de rabia. Los que le había hecho en la cara, casi en el ojo. Por poco le saca el ojo aquella noche. La noche en la que lo vio conversando con la hermana de su amigo Paco en el bar. ¡Qué vergüenza! Cuando se enteraran en la universidad que la loca había agarrado por los pelos a la hermana de Paco y le había mordido una oreja al punto casi de arrancársela. ¿Y Paco? ¿Volvería a hablarle? Sus padres, ¿lo recibirían de nuevo en casa? Esto iba de mal en peor.