Golpe de Estado.2

Conocí al Comandante Eduardo Igartúa Prado una noche bailando en un club poco después de mi divorcio. Yo estaba con mi amiga Estela quien trabajaba en la Comandancia de la Policía bajo sus órdenes. Estando allí me lo presentó. Recuerdo que no le di ninguna importancia porque me pareció insignificante a pesar de su autoridad. Esa noche bailé más que nunca. En un momento él se me acercó y me pidió un baile. Me agarró por la cintura firmemente y me llevó al ritmo de la música. Me gustó su olor y la forma en que me sostuvo. Cuando nos despedimos me besó la mano.

—Amiga, adivina quién me pidió tu número de celular—dijo Estela misteriosa al siguiente día.

—¿Quién?—pregunté sin la menor idea de quién se trataba.

—¡El Comandante amiga, el Comandante! Quedó encantado contigo. Vino esta mañana a primera hora a mi oficina y me preguntó por ti. Me preguntó detalles. Qué si estabas soltera, o tenías compromiso. Qué a qué te dedicabas. Qué dónde vivías. Qué de dónde te conozco…de todo, amiga. Preguntó de todo— contaba ella con gran exitación.

—Ok…¿Y quién me puede contestar las mismas preguntas sobre él?—pregunté.

—Pues amiga, creo que él mismo. ¿Te interesa?—contestó la Celestina.

—Bueno, no pierdo nada con conocerlo…dile que nos invite a comer. No quiero estar a solas con él.

Estela hizo los arreglos para el encuentro. Ibamos a encontrarnos en un restaurante que quedaba a la orilla de la playa. Llegamos temprano y nos acomodamos en una mesa cerca del ventanal. Allí se sentía la brisa fresca y el olor a salitre.

—Buenas noches, jóvenes—dijo el Comandante sorprendiéndonos al llegar por el lado contrario al que estábamos.

—Buenas noches—contestamos a la vez. Yo no encontraba qué decir ni por donde empezar una conversación. Estela que esperaba un amigo se disculpó para hacer una llamada. Allí quedamos los dos mirándonos sin decir una palabra. El no me quitaba los ojos de la cara y sonreía con una sonrisa traviesa.

—¿Sabe? Usted tiene cara de ángel—me dijo.

—Esta Estela siempre corriendo—dije ignorando el comentario.

—Sí, ya me he dado cuenta. Recuerde que trabaja con nosotros. Pero esa actitud es positiva dentro del ambiente en el que nos desenvolvemos—dijo él por hablar de algo—. Me dice Estela que eres abogada. ¿A qué área del derecho te dedicas?—preguntó con curiosidad.

—Bueno, estoy más que nada interesada en la política. Actualmente trabajo para el Senador Carmelo Villamil Alvarez. El trabajo es muy interesante y me da la oportunidad de ayudar al pueblo desde una posición de poder—dije tratando de impresionarle.

—¿Desde arriba?—dijo con una sonrisa que no pude decifrar. Parecía que estaba burlándose pero no se atrevía a decir nada.

—Sí, quiero decir, en una posición en el gobierno donde puede hacerse la diferencia. No es lo mismo hablar de justicia social y no tener poder para lograrlo. Cuando tienes la oportunidad de ayudar a hacer la legislación que promueve la justicia social entonces estás donde puedes hacer algo y no te quedas nada más en las ideas o las palabras—continué haciendo el discurso y él me miraba sosteniendo la misma sonrisa.

—Ah… entiendo. Pues si, tienes mucha razón. Es un puesto de mucho poder. Pero veo que no tenemos en común la ideología política.

Esa tarde continuamos un diálogo incomodísimo. Fue una discusion de ideas políticas que pudo durar eternamente, porque por supuesto, el señor Comandante no iba a dejar de pertenecer a su partido ni yo al mío. Y Estela que no aparecía. Decidí concluir la conversación e irme. Llamé a Estela y dijo que me recogería en diez minutos. El dijo que me acompañaría, pero yo no quería. No aguantaba su presencia. Los temas políticos siempre traen confrontación. ¿Cómo él no sabía eso? ¿Cómo no lo sabía yo?

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