Golpe de Estado.3

No supe del Comandante por meses. El primer encuentro había sido tan desastroso que pensé que jamás lo haría. Parecía que no teníamos nada en común, excepto una gran atracción que al día de hoy no me podía explicar. A pesar de todo no podía dejar de pensar en él, en su sonrisa traviesa, en su modo de engolar la voz como galán de novela, en su cuerpo moreno y perfecto. Pero del mismo modo en que pensaba en él, descartaba cualquier idea de alguna relación por todo aquello que nos separaba.

—Laura, te buscan en recepción—avisó la secretaria—. No esperaba a nadie y pensé que se trataba de algún ciudadano con alguna petición especial. Al abrir la puerta de la recepción me encontré con el Comandante Igartúa. El me dirigió una mirada de esas que desnudan y una sonrisa pícara.

—Abogada—dijo—. Pasaba por aquí y pensé que tenía varios asuntos que discutir con usted. ¿Cree que es posible que salgamos a almorzar?

—Estoy algo ocupada—dije dudando por un momento—. Pero creo que puedo hacer un ratito. Ya son las once treinta. ¿Puede esperarme unos quince minutos mientras hago un par de llamadas que me urgen?

—Sí, por supuesto. Voy a pasar un momento por la Comandancia y regreso en quince minutos—contestó sonriendo.

No podía creer que estuviera allí. El corazón me latía apresuradamente. Subí a mi oficina, hice dos llamadas que nadie contestó. Dadas las circunstancias ni me importaba. Tomé nerviosa el bolso y me perfumé. Me arreglé el cabello con las manos. Me empolvé la cara y pinté los labios de rojo brillante. Llegó puntual a recogerme. Caminé junto a él hasta el estacionamiento y me abrió la puerta del vehículo para dejarme entrar.

—¿Qué le apetece, abogada?—preguntó una vez entró en el vehículo.

¿Qué qué me apetecía? Él por supuesto. Si ni tenía hambre. Tenía un nudo en el estómago que dificilmente me permitiría comer nada.

—Pues no sé. ¡Sorpréndame!—contesté. Este hombre me ponía inquieta, nerviosa. Se dirigió a un restaurante a la orilla de la playa y estacionó el auto. Bajó del auto, me abrió la puerta y me dió la mano para ayudarme a bajar. Entonces me tropezé y él detuvo mi caída. ¡Qué papelazo! Pero entre verguenza y risas pensé cuán fuerte eran sus brazos para sostenerme y me lo imaginé abrazándome. De nuevo, descarté la idea y por las mismas razones políticas. Después de mi divorcio no tenía las energías ni el interés de entregarme a una relación en la que de seguro resultaría lastimada.

—Comandante, ¿qué asuntos tan importantes tiene que discutir conmigo y con tanta premura?—pregunté mientras nos servían los refrescos. El sonrió malicioso.

—Luego de nuestro primer encuentro tan desafortunado, pensé que tenía que hacer las pases con usted. Sabemos que pertenecemos a distintos partidos políticos, tenemos diferentes ideas y estamos expuestos a que nos reconozcan, pero ninguna de esas razones debe ser suficiente para que no podamos conocernos mejor e iniciar una bonita amistad—respondió.

—Pues no—dije arrepintiéndome enseguida—. Ninguna de esas razones debe impedir que las personas lleguen a entenderse y lograr una “bonita amistad”.

Por supuesto que sabía exactamente el significado de “bonita amistad”. Amigos con privilegios. Sexo sin responsabilidad.

El acercó su mano a la mía. Su toque me estremeció. Después de ésto, yo veía sus labios moverse. Él hablaba y yo no tenía ni idea de lo que decía. Llegó el mesero con el almuerzo y comenzamos a comer sin hablar. Él me miraba y me miraba y yo me sentía desnuda. Terminamos rápidamente, él pidió la cuenta y pagó. Nos dirigimos al auto y cuando iba a abrir la puerta me detuvo, me agarró por la cintura y me besó.

-Quiero hacerle el amor, abogada—dijo en mi oído. No contesté. Subimos al auto y se estacionó en un edificio cerca del mar. Pasó la mano suavemente por mi pelo y volvió a besarme. Se bajó, abrió mi puerta y me dio la mano para ayudarme a bajar. Esta vez no me caí pero sentí que me desmayaba. Unos segundos después entramos a su apartamento. Me pegó a la pared y me besó. Me besó profundamente, mientras deslizaba sus manos por mi cuerpo. Ya no podía pensar. Solamente escuchaba los latidos de su corazón agitado mientras sentía una completa excitación. El tenia su cuerpo pegado al mío. Lo sentí endurecerse por encima de mi ropa. El me iba desnudando y no hice nada para impedirlo, ni siquiera me quejé. Cuando me tuvo desnuda me llevó a la cama, pero él seguía vestido. Me acostó y puso su boca entre mis piernas, besándome, pasando su lengua suavemente. Me acariciaba los senos e iba subiendo hacia ellos con su boca. Sentía que no podia respirar y comencé a gemir de placer. Él se levantó de la cama y por fin se desnudó. Era como me lo había imaginado. Su cuerpo parecía una escultura perfecta. Se acostó sobre mi sin penetrarme. Sólo me hablaba al oído. Me decía lo mucho que le gustaba, cuánto había pensado en hacerme el amor desde que me conoció y lo excitado que estaba.

—Hazlo ya—dije—Ya no quiero esperar más.

—Sí, cara de ángel. No te voy a hacer esperar más—respondió sonriendo y hundiéndose en mi.

—Desde hoy puedes llamarme Eddie—dijo al terminar de hacerme el amor—. Soy todo tuyo.

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