Golpe de Estado.10

Nelson y Alfonso me están presionando para que les de información sobre la investigación.

¡Hum! Con que tienen prisa con el asunto del Departamento. Tiene que ser que llamaron del Bufete Hernandez, Parra y Meléndez—dijo en tono sarcástico—. ¡Esta gente sí que trabaja rápido!Chica, es que no había tenido tiempo y no te había dicho nada —dijo—. Ayer me presente en el Bufete y pedí hablar con Andrés Hernández que es el socio principal. La secretaria, una muñeca. ¡Dios mío! Me dijo que estaba. Llamó a la oficina y habló con alguien que supongo era él y me anunció. La vi que se puso roja y nerviosa, como que la estaban regañando y la escuché decir,

Está bien. Le indicaré que usted se encuentra ocupado en este momento y que debe sacar una cita para otro momento”.

Colgó el intercomunicador y me miró como asustada. Yo le dije,

No se preocupe, señorita. A todos nos sucede esto de vez en cuando. Lamentablemente, esto es un asunto de cierta urgencia y me pregunto si puedo hablar con cualquiera de los otros de los socios”.

Ella se incomodó, pero sabiendo que no iba a dejar de insistir fue a verificar si alguien podía atenderme. Desapareció por una de las puertas del largo pasillo. Me llamó la atención que el teléfono sonaba y en alguna otra extensión alguien parecía contestar. Como quince minutos después salió por la misma puerta y me dijo,

El licenciado Hernández siente mucho haberlo hecho esperar, Licenciado Perdomo. Pase por aquí”.

La seguí por el largo pasillo. Ella abrió la misma puerta por la que había salido y me invitó a pasar. Al entrar me encontré en una inmensa oficina pintada en dos tonos de azul, uno azul pálido y el otro oscuro. De la entrada a donde estaba el escritorio eran como treinta pasos. Estaba decorada con hermosos óleos de desnudos de vívidos colores y de formas impresionantes. Me pregunté si eran réplicas numeradas u originales. El escritorio era un cómodo mueble de caoba oscura con una enorme credenza en la que pude observar estatuas de arte moderno. Tenía un librero con una colección de libros antiguos, algunos jurídicos, pero la mayoría eran de literatura clásica. Sobre el escritorio tenía una computadora, el intercomunicador y un teléfono con varias líneas. Su celular estaba sobre el escritorio, junto a un hermoso letrero dorado con su nombre y varios expedientes cerrados. Observé que en la oficina había una mesa de conferencias con doce sillas y cada puesto tenía una computadora. Frente al escritorio estaba un sofá de piel italiana azul marino. Con un gesto de su mano lo apuntó para que me sentara. Me miró unos segundos como estudiándome y me preguntó,

¿En qué puedo servirle, Licenciado Perdomo?”.

Yo tenía conmigo copia de los cheques cancelados del Departamento de Agricultura que te enseñé el otro día, los de doscientos mil dólares cada uno. Se los mostré y no se inmutó para nada hasta que vio el que estaba a nombre del Bufete. Noté que frunció el ceño y enrojeció. Se movió nerviosamente en la silla y hechándose hacia atrás me miró y me dijo que hacía algún tiempo el Bufete había dado servicios al Departamento. Le pregunté qué clase de servicios y se sonrió irónicamente diciéndome,

¿Qué clase de servicios? Obviamente consultoría legal, Licenciado”.

Yo también me heché hacia atrás en aquel cómodo sofá de piel y le dije,

Obviamente, sé que se trata de consultoría legal, pero, ¿con qué propósito? ¿Recuerda usted de que caso se trata?”.

El contestó,

Licenciado, usted mejor que nadie sabe que no puedo darle la información sobre mis casos, son asuntos confidenciales”.

Ahí salté y le dije que en este caso se trata de un cuerpo legislativo solicitando información a través de un Senador sobre la utilización de fondos públicos.

En ese caso”, me dijo, “entonces pida una orden al tribunal para yo descubrir esa información al Senador. No quiero tener ninguna demanda por mala práctica. ¿Usted entiende?”.

Asentí. Me levanté, añadiendo antes de salir,

Entonces no tendré más remedio que acudir al tribunal. Que pase buen día.” Y ahí quedó el asunto. Salí y cuando me subí al carro me di cuenta de que un carro me seguía, hasta que llegué aquí.

¿Y qué piensas hacer? — pregunté preocupada de que le hubieran  seguido. No era la primera vez que José tenía esa experiencia desde que iniciamos esta investigación. No solo le habían seguido sino que habían tratado de sacarlo del camino, pero en esa ocasión, venía una patrulla de la policía en sentido contrario y José hizo sonar el claxon para llamar la atención. Los policías se detuvieron y él les indicó que le seguía un vehículo y que trataba de sacarle del camino. Para ese entonces ya el vehículo había desaparecido pero de todos modos se hizo el reporte. Al otro día, se publicó en la prensa el incidente.

Tengo que hablar con Carmelo para pedirle que me permita acudir al tribunal para que el Bufete tenga que entregarme esa información. Se que van a decir que es privilegiada abogado-cliente y todo eso. Pero si se dieron unos servicios a una agencia del gobierno y el Senado tiene la potestad de investigar sobre la utilización de los fondos gubernamentales, no creo que el tribunal deniegue la orden.

Bien, pues vamos a preparar esa petición de inmediato. ¿Pero sabes qué? Mejor vamos a mi casa a prepararla. No sé, pero me parece que están viendo mi computadora en la oficina. Sabes que es muy facil hacerlo—insistí.

Está bien. Allá nos vemos esta noche—. Y se despidió.

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