Lázaro estaba confuso por la experiencia que había vivido. Él no se consideraba guapo, ni interesante. No manejaba un carro último modelo, por el contrario, llegaba al trabajo en el “bus”. No podía entender lo que Deborah pudo haber visto en él. Tal vez ella no era la mujer frívola que los demás pensaban. Deborah, a su vez, esperaba que la rendición iba a ser más sencilla. Él la evitaba durante las horas de trabajo. Salía más tarde que nunca. Ella se quedaba despierta hasta tarde para provocar otro encuentro, pero siempre se quedaba dormida. Estaba convencida de que con sexo lo dominaría por completo, pero él no le daba la oportunidad.
—Lázaro—dijo un día desesperada—. ¿Hay alguna razón por la que no me hablas?
—No. No hay ninguna—contestó él mirando al suelo sin detenerse.
—¡Espera!—dijo Deborah tomándolo del brazo.—¿Por qué me evitas? ¿Es por lo que pasó?
—Deborah,—contestó—creo que este no es el lugar para hablar de este tema—dijo soltándola suavemente.
—Entonces, ¿en dónde?—preguntó ella con los ojos llenos de lágrimas de cocodrilo.
—Hablamos esta noche. Pasa por mi apartamento a las ocho—contestó conmovido por sus lágrimas.
Lázaro se preparó todo el día para enfrentar a Deborah. Él la amaba, no había duda. Pero, ¿qué tenía él para ofrecerle? ¿Tendría corazón para abandonar a su familia y llevar una relación con ella o con cualquier otra mujer? Pasó todo el día distraído, metido en sus pensamientos. Por más que trataba de trabajar, su mente estaba en otro lado.
—Lázaro—dijo Ramírez, su jefe—. ¿Me preparaste el reporte de las cuentas extranjeras que te pedí.
—En un momento se lo entrego, señor—contestó, dándose cuenta de que no podía seguir con su mente en el problema. No podía perjudicarse en su trabajo.
Terminó el día con sus niveles de ansiedad a millón. No había comido en todo el día, estaba mareado. Llegó al apartamento, se dio una ducha, pero le fue imposible probar bocado. Se sentó en una de las sillas del apartamento a ordenar sus pensamientos. A las ocho en punto tocaron la puerta. Él se levantó y abrió. Allí estaba Deborah, hermosa, seductora. Lista para ser amada.
—Lázaro—dijo—. No entiendo que pasó—dijo ella echándose en sus brazos, llorando.
—Lo siento. No te puedo corresponder. Mi vida está comprometida—contestó él apartándola para mirarla a los ojos.
—¿Es que tienes esposa?
—No. Es que no sabes nada de mi.
—Pues cuéntame, entonces. ¡Déjame entenderte!
Lázaro decidió abrirse a aquella mujer sin saber lo que había dentro de aquel corazón de piedra. Le contó de su niñez interrumpida. De sus obligaciones para con su familia. De su padre enfermo. Ella fingió entender. Él, que no esperaba su simulada reacción, pensó que todo lo que hablaban de ella, eran puras mentiras. ¡Deborah era una buena mujer! Ella ya lo había enredado sin que se diera cuenta. Esa noche hicieron el amor otra vez. Mientras él se hundía inocente en el fuego de aquella pasión, ella iba calculando cuál sería su próximo paso.

Caray!!! Es verdad cuando una persona está enamorada, solo ve lo bueno Lástima que existan este tipo de pesonas vampiras, que se alimentan de hacer doler al otro. Pero tarde o temprano, ellos mismos caen en la trampa.
Saludos mágicos 🙂
Me gustaLe gusta a 1 persona
Así es, Irlanda querida. Pero hay ángeles que cuidan a los inocentes.
Me gustaMe gusta