Lázaro.7

—Estaba pensando que me gustaría presentarte a mi familia—dijo Lázaro a Deborah un jueves por la tarde—. Ya llevamos juntos dos meses y creo que es tiempo de que ellos sepan con quien comparto mi vida.

—¿Cuándo?—preguntó ella que no tenía ningún interés en dar un viaje a provincia.

—Este fin de semana. ¿Te parece bien?

¿Qué si le parecía bien? No tenía más alternativa que aceptar ir a conocer la familia de Lázaro. Tener una relación con él le había costado más de lo que ella imaginaba. Lázaro era cariñoso, atento, tierno, pero cuando se trataba de su trabajo o de su familia en provincia, era intransigente. Preparó su bolso de viaje para pasar el fin de semana con el hombre que podía ser su salvación financiera. «¡Qué remedio!», pensó, mientras suspiraba. El sábado en la madrugada, Lázaro la fue a buscar para agarrar el “bus” hacia el pueblo. Ella no estaba acostumbrada a viajar en esos vehículos. Los asientos eran duros, incómodos, además estaban sucios. El olor era insoportable. Pronto se arrepintió de acceder. Cuando Lázaro le dijo que el viaje a su casa tomaba cinco horas hasta donde les dejaría el “bus” y que luego tenían que seguir a pie cuarenta minutos más, tuvo que ingeniárselas para que él no notara su mal humor.

—¡Mercedes! ¡Mercedes!—llamó Lázaro lleno de alegría al llegar a su hogar.

—¡Hermano!—gritó ella mientras salía de la casita con los brazos abiertos al encuentro de Lázaro hasta que se fundieron en un abrazo largo y fraternal.

Detrás de ella, salieron Conrado, Ana y Gabriel, quienes también corrieron al encuentro, saludando con abrazos y besos al recién llegado. Jacinto miraba la escena desde la puerta, esperando su turno para abrazar a su hijo. Deborah, que se mantenía al margen, no podía entender tal despliegue de cariño. Ella se había ido de su casa desde los dieciocho años para vivir su vida como quería. Desde entonces, estuvo de cama en cama, para completar su salario que no le alcanzaba para tener los lujos que eran lo único que satisfacían su vida vacía.

—Mercedes—dijo Lázaro, tomando la mano de Deborah,—ella es mi amiga Deborah.

—Mucho gu’to—contestó Mercedes dándole la bienvenida con un abrazo.

Deborah entró en la pobre, pero muy limpia vivienda. Lázaro la invitó a sentarse en un mueble ajado mientras Mercedes preparaba la comida alegremente. Jacinto y Conrado le contaban a Lázaro las novedades políticas del pueblo. Ana corría de un lado para el otro juguetona, tratando de llamar la atención de su hermano favorito. Gabriel miraba a Deborah, embobado por su belleza.

—Lázaro—dijo Jacinto—e’taba pensando mi’jo, si tu podría’ llevarte a Gabriel contigo pa’ que vaya a la escuela. E’ que el muchacho e’ tan li’to, tu sabe’ mi’jo…inteligente, así como tu.

Cuando Deborah escuchó la petición de Jacinto por poco se desmaya. Ya se le estaba haciendo lo suficientemente difícil llevar una relación con Lázaro, como para que él tuviera que ser la niñera de un chiquillo. Lo miró fijamente tratando de transmitir su sentir sin palabras.

—Creo que es buena idea, padre—contestó Lorenzo de buena gana—. Creo que le vendría muy bien a Gabriel una educación en la ciudad. Si quiere, me lo llevo mañana mismo.

Deborah no podía creer lo que escuchaba. ¿Y ahora?

3 comentarios en “Lázaro.7

Deja un comentario