La bailarina de flamenco

Lucía Albarrán era bailarina de flamenco. Su fama había alcanzado allende los mares. Gente de todo el mundo acudía a ver su espectáculo en el Tablao Flamenco los Gallos en Sevilla Lucía dominaba los palos flamencos; sus cantos y bailes sevillanos se le metían por el cuerpo a los espectadores, que quedaban fascinados con el taconeo de sus zapatos rojos y sus vestidos de lunares.

Esteban Reyes era su marido. La amaba con pasión enloquecida. Solo él sabía el secreto de sus rítmicos taconazos. Tenía las piernas de palo.

Canción de Despedida

No quiero morir en soledad,

abandonada en esta tierra fría,

quiero morir acompañada

y que me entierren

con mi bandera como mortaja.

Antes de irme quiero abrazarte

y decirte al oído lo que siento,

que en mi alma siempre has estado

grabado a tinta y a fuego.

Mi caminar se hace lento,

llora en mí la guerrillera

que una vez tumbó gigantes

y caminó sobre palmeras.

Tres montañas y una estrella

han marcado mi destino.

Por ellas de fiesta vivo,

por ellas de pena muero.

No digo adiós para siempre,

tal vez mi caminar sea perpetuo.

Si no se pierden mis letras,

si no se pierden mis versos.

Hoy canto para despedirme

temprano —como suelo hacer—,

que no llego antes si me adelanto,

es que no quiero que se me haga tarde,

por dejarlo para después.

Imagen: Pixabay.com

La canción de Lara

Lara King cantaba en un club nocturno en la ciudad de Nueva York. No había una cantante en ese momento que pudiera igualar el registro de su voz y las notas de las melodías que tan armoniosamente salían de su prodigiosa garganta. Los músicos de la orquesta la admiraban y por doquier presumían que acompañaban aquel fenómeno de mujer con sus humildes instrumentos. Tan solo de ver a Lara subir al escenario, caminando con aquella gracia, quedaban embobados y al interpretar los primeros acordes de su canción, las lágrimas se les salían de emoción. Es que no era solamente su voz, sino el sublime palpitar de su corazón que se desbordaba en cada tonada.

            Su nombre se repetía por los barrios de «La gran manzana», despertando la curiosidad de quienes no la habían escuchado aún. El club siempre estaba repleto y hasta fila hacían por oírla cantar, aunque fuera por unos breves minutos. Muy pronto se regaron rumores por todo el mundo de su milagro melodioso, tanto que honorables y excelentísimos acudían escondidos bajo ropas y sombreros de ala ancha para no ser reconocidos, y al igual que todos quedaban cautivados con la voz de Lara.

            Su traje de lentejuelas tornasol cambiaba de color según la luz de las lámparas. Su cuerpo lucía magnífico abrazado en aquel vestido que hacía suspirar a los hombres, incluyendo a Franky, el italiano dueño del negocio. Él la amó desde el primer día que la escuchó cantar, desde entonces, en su corazón se abrió un agujero que ninguna mujer podría llenar. Lara lo sabía, pero no estaba dispuesta a ser su amante. Era negra y sabía que nunca la aceptarían ni su familia, ni sus amigos y muchos menos los suyos. Claro que lo quería, ¿quién no? Era guapo, con su pelo negrísimo, ojos inmensos de largas pestañas, cuerpo esbelto, piel oliva, y su olor mediterráneo.  Un sueño para cualquier mujer, menos para ella.

           Cuando el espectáculo terminaba, usualmente a las dos de la mañana, Lara iba a su camerino, se cambiaba dejando allí su traje tornasol y salía por la puerta de servicio, la misma por donde salía la gente de su raza, no importaba que fuera el conserje, el contador o la estrella de lugar. Esa salida daba a un callejón oscuro, en el que deambulaban toda clase de seres humanos, a los que ya poca humanidad le quedaba. Mirando al suelo, distraída, en la calleja solo se escuchaba su taconeo rítmico. Una noche, en la oscuridad, un hombre la asaltó por la espalda poniendo un afilado cuchillo en su delicado cuello, amenazando la pureza de sus cuerdas vocales.

            —Con esto él va a pagar todo lo que me debe —dijo el hombre con un inconfundible acento italiano.

          El corazón de Lara palpitaba aceleradamente, quieta, sin siquiera atreverse a respirar profundo, no lograba entender por qué la atacaban. Claramente el hombre no deseaba nada de ella, no intentaba violarla, ni siquiera quitarle su bolso, solo cobrar una deuda que no era suya. Pero ¿quién debía dinero a este hombre? Aterrada, ensimismada en sus nefastos pensamientos, preparándose para la muerte, de pronto el individuo se desplomó salpicándola de sangre. Lara no escuchó disparos, más bien un sonido sordo de un arma de fuego. Atontada como estaba, alguien agarró su brazo y la llevó casi a rastras hasta subirla a un coche.

           El hombre que manejaba era un desconocido. Estaba tan cansada, primero el show, después el evento del atacante y ahora un secuestrador. Parecía que iba a ser una larga noche. De reojo miró al hombre en el volante. Era como cualquier otro italiano, veía muchos en el club todas las noches, pero este no le hablaba. Mantenía sus ojos en el camino, sin distraerse. Lara pensó en tirarse del vehículo en marcha, ¿qué podría pasarle? Una que otra laceración, un golpe, pero podría escapar. Era mejor que mantenerse a la expectativa, sumisa, sin luchar. Había aprendido a subsistir desde hacía mucho. Cuando trató de abrir la puerta, no pudo. El hombre agarró su muñeca tan fuerte que pensó que se la iba a quebrar.

            —No entiendo nada. ¿Me puede explicar?

            Silencio por respuesta. Lara intentaba soltarse, pero la apretaba más aún. Manejó hasta un camino estrecho, bordeado por árboles enormes y tan oscuro que apenas podía verse las manos. Una vez allí, detuvo el carro. Se bajó dando una vuelta para abrirle la puerta.

            —¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mí?  

            La agarró por el brazo halándola para sacarla. Ella se resistía, pero fue en vano. El hombre era más fuerte. Una vez afuera la condujo por un camino de tierra, hasta una cabaña que apenas tenía una luz tenue en el pórtico. Tomó una llave que estaba en una vasija y abrió. Encendió la luz e hizo que Lara entrara, luego se fue, dejándola adentro encerrada bajo llave.

            Lara repasó el lugar con los ojos. Un catre en el suelo sucio y con manchas de sangre y una silla era todo el mobiliario. Tenía ganas de orinar, solo había una puerta e imaginó que era el baño. Al abrir la puerta la peste a sangre podrida la hizo dar un paso hacia atrás. Desistió y decidió aliviarse en un cubo que estaba en la habitación. Después se sentó a esperar qué pasaría en adelante. Lara no sabía hacer nada sin cantar, así que empezó a tararear «La vie en rose» de Edith Piaf. Cuando cantaba se elevaba a un lugar seguro, en donde nadie podía hacerle daño.

            Lara nació en Louisiana y empezó a cantar cuando apenas caminaba. Su canción era lo único que tenía. Su padre era alcohólico y cuando llegaba —si llegaba—, estallaba en gritos por cualquier cosa y después agredía a la madre. La niña asustada se escondía hasta que todo acabara. Tan pronto se iba, la pobre mujer, con su cara desfigurada, la tomaba en brazos, le cantaba canciones de la Piaf y le prometía que su vida algún día sería rosada como la canción. Un día todo acabó para siempre. El recuerdo que Lara tenía de su madre era una cara amorfa y sangrante y aquella canción en un idioma desconocido. De allí la llevaron a una casa para niños sin padres —aunque tenía al suyo estaba preso y la sola idea de vivir con él le aterraba—, allí sufrió toda clase de abusos y solo su canción francesa la consolaba. Un día un hombre que pasaba la escuchó cantar y prometió pagar una generosa mensualidad al hogar si se la entregaban. Solo tenía quince años. Ese hombre era Franky. Contrario a lo que muchos pensaron, él nunca tocó a Lara y la trató con decencia, dentro de las limitaciones que el color de su piel le imponían. Franky la amaba de verdad.

            Pasaron cerca de dos horas cuando escuchó que entraban la llave. Se puso de pie instintivamente, aunque sus piernas casi no la sostenían. Tres hombres, incluyendo el que la había traído, entraron en la habitación.

            —Bueno linda, sabemos que eres lo más valioso que tiene Franky. Lo hemos citado para que pague el rescate por tu vida —dijo el primero, pero este no era italiano. Le parecía más bien ruso: alto, de pelo rubio casi blanco y el acento característico.

            —No sé por qué Franky pagaría por mí. Solo soy una cantante y hasta pensaba en renunciar al club —dijo sin meditar en el riesgo en que ponía su vida.

      —Eso no lo crees ni tú —respondió el otro acercándose a ella amenazadoramente.

            —Es cierto. Ya se lo había adelantado. A estas horas a él no le debe ni importar lo que hagan conmigo.

            El hombre la abofeteó. Ella cayó al suelo.

            —En verdad crees que somos estúpidos. Te hemos seguido por días, sabemos donde vives, lo que haces. Franky haría lo que fuera por ti.

            Lara decidió callar, un hilo de sangre le recorría desde la esquina de la boca al cuello. Se imaginaba como su madre, con la cara rota.

            —Prepárate que nos vamos.

            La joven obedeció. Siguió con los hombres y subió a un auto negro, Lincoln Zephyr 1940. El hombre que no hablaba retomó el volante y emprendió el viaje. Por el camino los hombres intercambiaban miradas. En una u otra ocasión hacían comentarios sobre si Franky iría al lugar que habían establecido para hacer el canje. Lara ya se daba por muerta. Aunque reconocía que era un buen negocio para Franky, no sabía cuánto le debía a aquellos hombres y si estaba en posición de pagar. Su futuro era incierto y en su mente empezó a tararear su canción, la de la Piaf, aquella que la salvaba siempre.

            Viajaron casi tres horas hasta llegar a un puerto. Todo estaba oscuro, apenas iluminado por uno u otro farol. Aparcaron hacia la entrada. Se quedaron en el auto, en expectativa. Cinco minutos después otro auto llegaba cegándolos momentáneamente. Quedaron frente a frente y el recién llegado apagó las luces. Nadie descendía de ninguno de los carros. Fueron minutos de mucha tensión. Nadie hablaba en el auto en que estaba Lara. Por fin Franky bajó y se quedó parado frente al carro con un maletín en la mano. Uno de los hombres que estaba con Lara también bajó ocultando un arma en su sobretodo. Caminó despacio hacia Franky.

            —¿Dónde está Lara? —preguntó el italiano.

            —El dinero primero… —respondió sacando el arma.

            —Quiero verla primero —exigió.

         El hombre hizo un gesto a los que estaban en el carro, para que dejaran salir a Lara.

            —Cuidado no intentar nada —le advirtió el mafioso agarrando a la muchacha del brazo.

            —Vengan más cerca —pidió Franky—. Lara, ¿estás bien?

            —Sí, estoy bien.

       —Ya está bueno de conversación. Entréganos el dinero y te entregaremos a la negra.

            Franky se tragó la furia por amor a Lara. No quería que los hombres se alteraran y fueran a hacerle algún daño. Puso el maletín en el suelo y lo empujó con el pie hacia el malandrín. Este se agachó apuntando con el arma y tomó el bulto. Lo abrió y sonrió satisfecho. El dinero estaba completo.

          —¡Vamos! —ordenó a los otros, empujando a Lara quien cayó al suelo.

            Encendieron el vehículo, pero antes de marcharse, dispararon a Franky hiriéndolo en el pecho. Lara se arrastró hasta donde estaba su amado.

Franky y Lara se mudaron a Francia. Se fueron a donde podían vivir su amor. Su canción los había salvado para siempre.    

Receta sensual

Pedro y Rebeca se conocieron siendo cocineros de un restaurant muy importante en la gran manzana de Nueva York. Todavía se encontraban en la escuela de artes gastronómicas y deseaban, más que nada, convertirse en chefs de renombre internacional. Querían llevar la comida latinoamericana a otra dimensión y que fuera reconocida en todas partes del mundo. Tenían tantas cosas en común, que era natural que se enamoraran entre ollas y cuchillos. Pasaban las horas mirándose a los ojos e imaginando deliciosas recetas con el sazón y gusto criollo que tanto se degustan en las Américas y el Caribe.  

Algunas de los platos los ensayaban con un grupo selecto de clientes sin que se diera cuenta el dueño del restaurant, pues les interesaba saber qué pensaban sobre los sabores, pero no querían dejarlas allí, sino que las querían para el restaurant que ansiaban poner cuando se graduaran. Iban guardando sus secretos en un computador y en un libro grandísimo, por si se perdía la copia electrónica. Pasaban horas en sus experimentos, entre besos y arrumacos, porque estaban seguros de que el amor era el ingrediente principal en cualquier cocina.  

Los jóvenes vivían de un solo sueldo, el otro lo guardaban íntegro y ya tenían una importante suma. Lo suficiente como para emprender su negocio. Con mucha ilusión buscaron el local. Consiguieron uno bastante amplio en la esquina de la calle principal, de un barrio muy concurrido, en el que no había un solo restaurant que ofreciera el menú que ellos habían preparado. Pedro se hizo cargo de pintar, poner tablillas y colocar los equipos en su lugar. Rebeca se encargaba de buscar las mejores cotizaciones de los proveedores y de los suplidores que vendían los productos más frescos del mercado.  

Todo estuvo perfectamente organizado y llegó el gran día de la inauguración. El menú era simple, elegante, fácil de leer. Contenía la lista de todos los platos, especificando los ingredientes por si algún comensal era alérgico a alguno de ellos. Las mesas estaban vestidas con manteles blancos, las servilletas eran de tela —blanca también— y los cubiertos de stainless steel, muy limpios. En el centro, un arreglo de flores de sencillas violetas.  

—Buenos días —saludó el mesero a los primeros comensales—. ¿Puedo traerles algo mientras examinan el menú? 

—Sí, por favor, agua —dijo la mujer. 

—¿Embotellada? 

—No es necesario, del grifo está bien —contestó el marido. 

—Enseguida se las traigo, señores —respondió el camarero yéndose a buscar el agua. 

—Oye, ¿pero por qué eres tan tacaño? —reclamó la mujer. 

—¿Agua embotellada? ¿Sabes lo que cargan por agua embotellada? Mejor compro vino.  

—¿Y por qué no pediste vino? 

—Porque tú pediste agua. 

—Está bien… No voy a dañar el momento por un vaso de agua, o vino —concluyó ella mientras leía el menú. 

El mesero regresó y puso los vasos de agua sobre la mesa.  

—¿Ya están preparados para ordenar? 

—Pues yo quiero mofongo con camarones. 

—Cielo —interrumpió la mujer avergonzada—, no hay mofongo en el menú. 

—Bueno, pero si este es un restaurante latino, ¿cómo es que no tienen mofongo?  

—No tienen, ¿vas a seguir insistiendo? 

—¡Pues eso es lo que me apetece! —dijo el hombre levantando la voz. 

Pedro que estaba en la cocina con Raquel escuchó al hombre discutiendo. Enseguida salió y con mucha cortesía preguntó que estaba sucediendo. 

»Yo quiero comer mofongo con camarones enchilados. No me apetece nada más. ¿Lo puede preparar o no? 

—Claro que sí, señor. Enseguida lo voy a preparar personalmente para usted. Y usted señora, ¿que desea? 

—Creo que me animo a probar lo mismo. Quisiera apreciar su sazón. 

Pedro fue a la cocina y le dijo a Rebeca sobre la orden especial. Él se dispuso a preparar el mejor mofongo con camarones enchilados de toda su vida. Agarró el pilón y la maceta, y mientras más machacaba el plátano y las especies, más recordaba cuando le hacía el amor a su adorada Rebeca. En su mente estaba fijo el movimiento cadente de sus caderas y sus sabrosos olores. Machacaba y machacaba solo pensando en ella. La joven por su parte, se ocupaba de acariciar los camarones, limpiándolos bien, usando los mejores y más frescos ingredientes en su guiso, recordando las palabras picantes de su esposo cuando estaban a solas. De vez en cuando se cruzaban sus miradas y sonreían maliciosos. Sí que había pasión en todo lo que hacían aquellos dos chefs.  

Tan pronto estuvo listo, Pedro y Rebeca salieron con sendos platos a servirle a esta primera pareja que había entrado al restaurante.  

—Espero que les guste —dijo Pedro.

—El postre corre por la casa —anunció Rebeca. 

Una vez se quedaron solos, los esposos degustaron el plato de mofongo con camarones enchilados más delicioso que habían probado en su vida.  

Al siguiente día, apareció en el New York Times, una impresionante reseña sobre el nuevo restaurante latino, que la pareja —quienes no eran esposos sino columnistas de arte culinario— habían publicado. De más está decir, que Pedro y Rebeca lograron gran éxito y al día de hoy cuentan con una cadena de cincuenta y dos locales, en los que el plato principal es el mofongo con camarones enchilados.  

Mofongo puertorriqueño con camarones enchilados 

El mofongo es un plato típico de Puerto Rico. En otras partes del Caribe también lo preparan, aunque con distinto procedimiento y le llaman de formas diferentes: fufú, mangú, tacacho, bolón de verde, machuquillo, cabeza de gato. Llega a América desde África Occidental con los africanos que llegaron a las colonias españolas del Nuevo Mundo1.    

En Puerto Rico se hace usualmente con plátano verde, conocido también como el plátano macho. Se fríe y se machaca en un pilón, que es un mortero de madera.  

Se puede acompañar con carnes, pollo, o productos del mar, que se pueden poner al lado, o rellenándolo. Aunque también puede servirse solo con caldo de pollo. En Puerto Rico, también lo hacemos de yuca, malanga, yautía o panapén —fruto del árbol del pan— o, una combinación de yuca, plátano maduro y verde (trifongo).  

En mi casa, mi madre lo preparaba cuando teníamos una cena especial. Los puertorriqueños que vivimos en los Estados Unidos, hemos traído la receta con nosotros y al comer el delicioso mofongo, recordamos tiempos mejores con nostalgia. 

Receta (rinde 4 porciones) 

Necesitas un sartén de freír y un pilón. 

Ingredientes: 

4 plátanos verdes (plátano macho) 

1 libra —0.45 kilogramos—de chicharrón (piel del cerdo frita)  

3 dientes de ajo machacados 

4 cucharaditas de aceite de oliva 

2 tazas de aceite de freír 

Instrucciones: 

1.  Pon a calentar el aceite en un sartén para freír. 

2.  Pela los plátanos y córtalos en rodajas diagonales de 1 ½ pulgadas de grosor. Los pones en agua de sal por 15 minutos. Los escurres y secas antes de echarlos al sartén, que ya deberá tener el aceite caliente. 

3.  Pon la temperatura entre media-baja y cocínalos alrededor de 12 minutos, volteándolos a medio tiempo. Verifica que estén cocidos, puedes hacerlo con un tenedor.  

4.  Retíralos y comienza a machacarlos en el pilón, agregando un poco de ajo machacado y pedacitos de chicharrón.  

5.  Usando tus manos o el mismo pilón vas haciendo medias esferas. 

Camarones (gambas) enchilados 

Ingredientes:  

2.5 libras (1 kilo) de camarones 

1 cebolla 

5 dientes de ajo machacados 

3 chiles picantes 

1 tomate maduro 

1 lata de puré de tomate 

1 hoja de laurel 

1 cucharada de salsa inglesa 

Sal y pimienta al gusto 

Preparación: 

  1. Limpiar los camarones para extraer las tripas con cuidado de no remover completamente la cáscara. 
  2. Freír los camarones a fuego medio para que estén bien cocidos. 
  3. Añadir la cebolla picada, los ajos machacados y los chiles picados. 
  4. Aparte agregue el puré de tomate, la hoja de laurel, la cucharada de salsa inglesa y el tomate maduro con 1 ½ taza de agua y déjela hervir.  
  5. Cuando la salsa tenga consistencia, agregar los camarones y los deja cocinar 5 a 7 minutos más, según espese la salsa.  

Para servir esta delicia, puede poner el mofongo en medio del plato y los camarones alrededor, o servirlos encima. ¡¡¡Buen provecho!!!

https://micasitarestaurant.files.wordpress.com/2017/04/mofongo-de-camaron.jpg

Receta incluída en el libro grupal: «Delicious II», Editorial Fleming.

Un amor incondicional

pixabay.com (CCO)

            Lalo era el menor de seis hijos. Era el único varón. Su padre Gonzalo se dio tremenda borrachera el día que nació proclamando al niño «el gran macho» de la familia. Amaba a las niñas, pero Lalo era su predilecto. Era que Lalo cumpliría con la obligación de todo varón: dar continuidad al apellido Lizarde. Lo veía crecer tan saludable y robusto que las babas se le salían de tanto amor. Tanto era su orgullo que guardó y guardó dinero de las ventas de sus productos agrícolas para mandar a buscar un caballo para su Lalo. Cuando llegó el caballo fue una novedad en Ipagüima. Muy pocas personas podían darse ese lujo, pero para Gonzalo nada era demasiado para su niño. El caballo era una preciosura. Blanco con pintas negras y Lalo decidió llamarlo «El Pinto». Pasaba las horas montado en su corcel cuando llegaba de la escuela y a toda hora. Como era el varón no tenía ninguna responsabilidad doméstica y así creció mimado entre tanta mujer.

          —Quiero irme a Tierra Grande —anunció un buen día Lalo a su padre. Había cumplido los dieciocho años y quería ser independiente, fue la explicación que le dio a su descorazonado padre. Gonzalo que no decía que no a ninguno de sus caprichos, no tuvo otra alternativa que preparar a su adorado retoño para la vida en la urbe. Hasta comprendió los deseos de independencia y se puso en sus zapatos cuando tenía la misma edad. Reunió todos sus ahorros, los puso en manos de Lalo y lo vio partir un sábado en la mañana en el único avión que iba y salía de Ipagüima.

        —Vengan muchachos les invito a mi apartamento —decía un Lalo desconocido para Ipagüima. Este vestía pantalones de colores brillantes y apretados en las nalgas y polos muy ajustados. Se maquillaba la cara por las noches con colorete y labial rojo y usaba zapatos de tacón para salir con sus «amigas» a pasar el rato. Caminaba contoneando sus caderas y sacudiendo el pelo que ahora llevaba largo y de un color rojizo subido. Era sin duda libre en Tierra Grande. No tenía que aparentar lo que no era.

        Lalo llevaba un sufrimiento hondo en el alma y era no poder satisfacer los deseos de su padre. Amaba a Ipagüima, pero no podía volver. No podría soportar que su padre se avergonzara de él. No podría aguantar que lo señalaran en la calle. Hasta que se mudó a Tierra Grande había vivido una gran mentira escondiéndose en los roperos de sus hermanas para ponerse sus ropas y zapatos. María —la menor— conocía su secreto y se lo llevaría a la tumba de ser necesario. Era su cómplice y su consejera, lo más que extrañaba de la isla. Ella y su traje violeta. Es que era muy bonito con encajes y cintas blancas que terminaban en lazos. Muy femenino. Una vez por poco Gonzalo lo agarra vestido con el traje violeta. Cuando venía por el pasillo modelándolo a María esta le dio tal empujón que cayó enterrado en el armario y así se escapó de que el padre lo viera. Por eso tuvo que irse de Ipagüima. Sabía que en algún momento lo descubrirían y la verdad mataría a su padre.

         Tocaron la puerta. Lalo miró a su compañero dormir plácidamente junto a él. Eran las once de la mañana del sábado. ¿Quién podría buscarle tan temprano? Se estiró y se sentó en la cama. Siguieron tocando un poco más fuerte. Lalo se pasó la mano por la frente y se peinó hacia atrás. Se levantó lentamente y miró nuevamente a su compañero. «¡Es tan lindo!», pensó. Fue arrastrando los pies hacia la sala y se dirigió a la puerta. Agarró la perilla y abrió. Gonzalo Lizarde en persona estaba frente a él. Lalo tembló. Temió lo peor. ¿Cómo iba a avisarle a su compañero que se escondiera? ¿Cómo se escondería él?

         —Lo sé todo Lalo. Sé quién eres y lo que haces —dijo Gonzalo con la voz tan suave que Lalo jamás hubiera podido imaginar escuchar—. Por eso te fuiste de Ipagüima. ¿Tenías miedo del mundo? ¿Tenías miedo de mí?

         —Padre, ¡perdón! Yo no sabía quién era entonces pero ahora lo sé. Esto es lo que soy —contestó mirando hacia el suelo compungido.

         —¿Y crees tú que lo que dices que eres te hace diferente al hombre que engendré? Eres mi hijo Gonzalo Lizarde. Te vi nacer y crecer. Te amé y te amaré no importa cómo te veas por fuera—. Gonzalo abrió sus brazos tan anchos como pudo y arrulló a su Lalo como cuando era un niño.

        Lalo volvió con su padre a Ipagüima. Hubo fiesta en su casa y sus hermanas le prestaron sus vestidos y zapatos, aunque el traje violeta siguió siendo su preferido. Gonzalo y Lalo caminaban con orgullo por las calles de Ipagüima y nadie se atrevía a hacer un comentario del hijo más amado. Cuando envejecieron los padres, Lalo se hizo cargo de ellos porque todas sus hermanas ya estaban casadas y tenían muchos compromisos con sus hijos y familias. Él se hizo cargo de ellos hasta que dejaron de respirar.

      Nunca se conoció un padre más orgulloso de su hijo en Ipagüima ni a un hijo que cuidara a su padre con más amor.

  Obra registrada Derechos de Autor 

Más allá del sexo (Final)

               —No entendí lo que te dijo el doctor, Edward. ¿De qué enfermedad habla?

          —Pues no entendí muy bien… Es un virus muy traicionero. Casi no se sabe nada sobre él. Tienes que hacerte unos exámenes para saber si te he contagiado.

            —¿Es contagioso?

            —Eso dice él…

            —¿Y cuándo te contagiaste tú?

            —Arturo… Cuando tu padre te llevó de la universidad, estaba desesperado…Una noche salí y tomé de más… Estaba en el pueblo… Había un hombre que no era de la universidad, no lo había visto nunca…

            —Edward… ¿Estuviste con otra persona? —pregunté dolorido—. ¿Estuviste con otro mientras yo estaba en un manicomio porque no podía vivir sin ti?

            —¡Yo tampoco podía vivir sin ti!

            —Ah… Y así intentaste curarte…Ya entiendo…

            —No, Arturo… Por favor, no fue así…

            Ya no escuché nada más. Empujé la puerta para no estar cerca de él ni un minuto más. Estuve caminando no sé por cuantas horas. Cayó la noche, luego llegó la madrugada y aletargado regresé a nuestro apartamento. Abrí la puerta y cuando encendí la luz, Edward estaba esperándome.

            —¿Dónde has estado? Dejaste el auto en el hospital.

            —Sí, de todos modos, tengo que ir mañana a hacerme las pruebas para saber si tengo el bendito virus.           

            —Arturo, por favor… Te suplico que me perdones.

         —Ya te he perdonado —le contesté de corazón. Él era mi vida, no me importaba lo que había hecho. Solo quería estar a su lado y enfrentar lo que fuera que se nos viniera encima.  

            Él se levantó de la silla en la que estaba y caminó hacia mí. Tan grande como era se arrodilló y agarrando mis piernas se echó a llorar como un niño.

            —Nada más pensar que te había perdido, era peor que la muerte —dijo mientras sollozaba.

            —Anda, levántate que no estás bien y tienes que descansar —le dije ayudándolo a ponerse de pie—. Mañana no vamos a trabajar. Yo voy al laboratorio y regreso enseguida. ¿Te parece?

            Edward sonrió y nos fuimos a dormir. Esa noche la sombra de la muerte acrecentaba la luz del amor que nos teníamos. Alondra durmió entre nosotros libre, en paz y eterna —en aquel lugar que pocos entendían—, mucho más allá del sexo.    

#### 

              Dedicado a todos aquellos seres humanos que fueron y son juzgados por ser diferentes. A todos aquellos que fallecieron víctimas del SIDA. A aquellos 15,000 soldados transexuales que actualmente luchan en las filas del ejército de los Estados Unidos y que han sido más valientes que el propio residente de la Casa Blanca que se excusó varias veces para no ir a la guerra. Hace dos días el residente aprovechando que todo el mundo estaba pendiente al huracán Harvey, firmó una ley que prohíbe a los transexuales ser parte del ejército, indefinidamente. A todos los perseguidos.

Copyrighted.com Registered & Protected  ZMOK-MEL9-75JM-ERC1

Más allá del sexo (7)

           Enseguida reconocí la voz de mi padre a mis espaldas.

            —¿Esto es lo andas haciendo? ¡Qué vergüenza! Un hijo mío…

            Papá quiso abalanzarse sobre Edward cuando lo detuve. Estaba furioso, colérico, violento, fuera de sí.  

            Edward me miró con horror.

            —Corre…—le grité.

            —No…

            —Por favor, vete… ¡Piensa! —insistí y al ver que no se movía lo empujé.

            Edward me dirigió la mirada más triste que he visto en mi vida —las lágrimas ahogaban sus ojos —, luego vi la duda, el miedo y entonces corrió hasta que se perdió en la noche.

            —Padre…

            —¿Quién es ese? —preguntó dándome una bofetada—.  Dime ahora mismo quién es ese desviado…

            —Por favor, déjame explicarte…

    —¿Qué quieres explicarme? ¿Qué eres un enfermo, un pervertido, un degenerado?

            —Si me escucharas…

         —Debería darte la paliza que no te di cuando eras un niño. Has destruido la confianza que tenía en ti, pero no pienso pagar un solo centavo más para que sigas aquí manchando mi nombre. Vuelves conmigo a casa ahora mismo. ¡Recoge todo!

            —¿Y si no voy?

       —Removeré cielo y tierra para saber quién estaba contigo. Y te juro, que armaré un escándalo tal que vas a enderezarte para siempre.

            Mi padre jamás juraba en vano. Temí por Edward, por su carrera que tanto sacrificio le costaba.

            —Pero quiero terminar mi carrera.

            —Eso lo debiste pensar antes de…

            Nada que dijera podía convencer a mi padre. Volví con él a casa. Por el camino veía como se mordía los labios, apretaba las manos al volante desesperado y de vez en cuando me miraba con una mezcla de amor y desilusión. Sentía el peso de su vergüenza y me dolía saber que le causaba este dolor. Pero dentro de mí, en mi corazón yo no había hecho nada malo, ni indecente, ni inmoral. No era posible que aquello que sentía fuera motivo de bochorno ni para él, ni para mí.  Cuando llegamos no saludé a mi madre.  Caminé directamente hacia mi cuarto y me encerré— acostado y arropado hasta la cabeza—, sin comer, ni hablar con nadie por días.  No me atrevía a hacer ningún contacto con Edward para no incriminarlo. Ya estaba a punto de lograr su meta y no iba a ser yo quien se lo iba a impedir.

          Mi madre tocaba la puerta, pero no me interesaba hablar con ella ni con nadie. Una tarde llevaron un psiquiatra para que me atendiera. Como no abría la puerta, la forzaron. Mi madre se horrorizó al ver todo el peso que había perdido. Parecía un fantasma, un despojo, la sombra de lo que fui.  El médico nada más de verme dijo que había que llevarme al hospital. Yo no tenía voluntad y me fui sin hacer resistencia. Una vez allí, comenzaron a darme medicamentos para la depresión. Cuando vieron que no salía de mi estado, me trataron con terapia electro convulsiva. El médico se reunía conmigo diariamente para ver si avanzaba, pero ya nada me importaba. Alondra estaba aterrada dentro de mí. Temía que la muerte me alcanzara sin haber visto a Edward una vez más.

Copyrighted.com Registered & Protected  ZMOK-MEL9-75JM-ERC1

Más allá del sexo (6)

           Edward seguía firme y consecuente en la obtención de su carrera. Hacía todos los esfuerzos necesarios y yo lo ayudaba en lo que podía con sus trabajos y los exámenes. Teníamos nuestra rutina. Por la noche juntábamos las camas y en la mañana cuando él se iba a entrenar yo las separaba. A veces lo veía llegar tan cansado que luego del baño le daba masajes para que se relajara y enseguida se adormilaba. Me quedaba mirando a aquel hombre enorme que me aterrorizó cuando llegué a la universidad y ahora me parecía un niño dormido que me inspiraba una gran ternura.

       Sabía que ni Alondra ni yo jamás podríamos vivir sin él. Alguna vez le había hablado a Edward de ella y se reía. Decía en broma que había conseguido dos amores por uno. No sé si alguna vez él se dio cuenta de la magnitud de este amor, pero yo sentía que era mucho más que nuestros cuerpos los que se envolvían en aquella danza rítmica y cadenciosa cuando hacíamos el amor. Era el alma misma la que se nos iba en ello. Lo que sentíamos no era un simple enamoramiento, ni atracción física, era amor verdadero.            

            Ya en las vacaciones ni pensábamos en ir a casa. Antes Edward no iba por falta de dinero, ahora porque era la única forma de vivir nuestra relación libremente. Mis padres insistían en que yo fuera a visitarlos, pero yo le daba mil excusas y me quedaba.

            —¿Tienes una novia? —preguntaba mi madre cada vez que llamaba.

            —Muchas, muchas —contestaba para satisfacer su ego.

            —Solo te falta un año para terminar la carrera, hijo. No has venido a vernos desde que te fuiste ni una sola vez.

            —Es que me quedo con las novias, madre —decía—. Tengo que atenderlas. Ya sabes, durante las clases tengo mucho trabajo con las tareas. Libros que leer, monografías que entregar. Esto de estudiar Literatura es bastante complejo.

            —Bueno, está bien… Pero no dejes de llamar en Navidad.

            —No te preocupes. Te llamaré cada semana para que estés contenta. Saluda a papá.

            —Está bien, hijo —se despedía llorosa y aunque me sentía  un poco culpable, no era capaz de separarme de mi amor.  

            Edward y yo salimos una noche, de esas en que decidimos salir a cenar y visitar la taberna de Frank. Se nos pasaron los tragos, piropeando a unas muchachas que andaban mariposeando alrededor nuestro. Luego de deshacernos de ellas con miles de pretextos — a eso de la una de la mañana—, decidimos regresar. Íbamos riéndonos y hablando de ellas. Sabíamos que estábamos solos en el edificio. Todo el mundo se había ido a celebrar Navidad en casa. Cuando llegamos al final de la escalera, Edward me abrazó y me estampó un largo beso en la boca.

            —¡Depravado!

Copyrighted.com Registered & Protected  ZMOK-MEL9-75JM-ERC1

Más allá del sexo (5)

        Una madrugada en la que llegamos tan borrachos que apenas podíamos sostenernos uno al otro, abrimos la puerta y quedamos mirándonos de frente. Por unos segundos, que me parecieron eternos, me pareció ver en los ojos de Edward a Alondra. Un impulso me acercó a él y sin pensarlo sus labios besaron los míos in promtu. Le correspondí —como cualquiera que ama responde un beso de amor—, entregándome a una pasión nunca antes vivida. En esa alborada, supe por fin lo que era amar sin medida, con el alma, con el cuerpo, con el corazón. Como lo hace cada ser humano, más allá del sexo. Nos quedamos dormidos y abrazados.

        Desperté primero. Me levanté y caminé despacio hasta mi cama para no despertarlo. No sabía si Edward recordaría lo que había pasado. No sabía cuál sería su reacción. Me quedé mirándolo desde mi cama. Ya antes me parecía guapo, pero ahora, me parecía hermoso. Era casi la una de la tarde cuando despertó. Me buscó con la mirada.

            —Ven acá —dijo.

            Yo me acerqué a su cama nervioso. Él estiró su brazo, que era como dos veces más ancho que el mío, y agarró mi mano. Me haló para que me sentara a su lado.

            » Esto que ha pasado entre nosotros me preocupa. No me arrepiento, Arturo. Pero si nos pillan, sabes lo que va a pasar. Lo sabes, ¿no?

            —Sí, claro que lo sé —contesté entendiendo su situación. Su beca era todo lo que tenía. Si sabían de esto lo echarían de inmediato. Un futbolista era la viva imagen del macho—. No volverá a suceder. Guardaré la distancia—prometí.

            —Te amo, Arturo —declaró—. No tienes que guardar distancias mientras estemos solos, pero tenemos que ser cuidadosos. ¿Está bien?

            —Sí… también te amo. No haré nada que te perjudique —le aseguré.

            Continuamos nuestra relación durante el resto de las vacaciones. En nuestra habitación éramos felices. A veces nos preguntábamos por qué el morbo de la gente de saber qué pasaba en la cama de los que sentían como nosotros, si para nadie era motivo de escrutinio las relaciones heterosexuales. Afuera, presentábamos al mundo lo que querían ver. Un futbolista compartiendo con el compañero de cuarto, ambos guapísimos. Le mirábamos el trasero a las muchachas, le echábamos piropos y hasta un trago le comprábamos de vez en cuando.  A veces me sentía harto de aquella farsa. Alondra gritaba dentro de mí. Pero Edward me suplicaba que tuviera paciencia, que era la única forma de sobrevivir, por lo menos hasta que termináramos la universidad. Ya luego nos iríamos a San Francisco. Lo teníamos todo planeado.

Copyrighted.com Registered & Protected  ZMOK-MEL9-75JM-ERC1

La hija de la querida

              Soy la hija de la querida. Bueno, por lo menos así me llamaba todo el mundo en el barrio de dónde vengo. Todos, menos en casa de Amir. Sus padres eran musulmanes y vivían cuatro esposas con el papá en perfecta armonía. A ellos les llamaban los depravados. Pero, en fin, como se pueden imaginar Amir y sus hermanos eran mis únicos amigos y compañeros de juego.

            Yo no veía nada malo en que me llamaran de ese modo. Mi madre —también mi padre que nos visitaba todos los fines de semana—, me habían explicado que ella era el amor de su vida. Que por nadie había sentido lo que sentía por mamá. Entonces ser hija de un amor tan grande se me hacía un orgullo y no una vergüenza. Papá me decía que caminara con la cabeza muy en alto y siempre nos prometía —que algún día—, vendría a quedarse para siempre.

            No sabía por qué no se quedaba desde ahora. Ni por qué las señoras del vecindario me miraban con desdén y a mi madre con desprecio. Hasta cuando ella pasaba agarraban a sus maridos por el brazo, como si mi mamá tuviera alguna enfermedad contagiosa. Solo las madres de Amir —así les llamaba él a todas—, nos invitaban a tomar el té y le compraban a mi madre unos pañuelos muy bonitos de seda y colores muy brillantes que mi padre le traía de la ciudad.  La verdad era que papá le dejaba los pañuelos para ella, porque nunca nos hizo falta el dinero, pero mamá quería sentir que algo hacía y que no vivía de él. De vez en cuando le cosía unos pantalones y camisas amplias a sus amigas musulmanas para que llevaran debajo del burka. Nada complicado pues sus habilidades en la costura eran mínimas, pero al menos no se sentía inútil ni mantenida. Al menos eso las escuché decir un par de veces.

            Alguna vez la escuché hablar con Amina —la verdadera madre de Amir—, sobre mi padre. Le decía que era un hombre muy rico y que su padre le hizo casarse con una mujer de sociedad cuando era muy joven. Hablaba de que aquello había sido un matrimonio arreglado y sin amor al que él se sentía amarrado porque había tenido varios hijos y ahora la mujer estaba muy enferma. Cuando la señora pase a mejor vida —dijo mi madre persignándose—, él estará conmigo y con mi hija. Eso ha prometido.

            A pesar de la promesa de mi padre los años pasaban y la moribunda seguía viviendo. Todos los viernes mi madre se ponía su vestido más bonito, se arreglaba el pelo, se pintaba las uñas de las manos y los pies y se cambiaba el peinado. Siempre para verse hermosa a los ojos de mi padre. Él no faltaba ningún fin de semana, siempre llegaba puntual a las nueve de la noche. Entonces pasaba por mi cuarto, me abrazaba, me daba un beso y siempre me traía mi chocolate favorito. Luego me daba las buenas noches y se iba a acostar con mi madre. Yo los escuchaba hablar por horas y reír. Otras, los escuchaba hacer unos ruidos que al principio no entendía, pero luego supe que eran los sonidos que hacen los que hacen el amor. Pero cuando papá se iba el domingo por la tarde, mamá se quedaba triste y sombría. A veces pasaba por su puerta y la escuchaba llorar. La espera se le estaba haciendo cada vez más difícil. Ya no era tan joven, ni tan bonita y eso la afectaba. Si no hubiera sido por sus amigas —las madres de Amir—, su vida habría sido aún más difícil.

            Amir fue mi primer y único novio. Era casi natural que nos enamoráramos. Él entendía mi familia y yo la suya. Además, era muy guapo. Tenía unos ojos negros inmensos adornados por unas cejas tupidas y una nariz aguileña que hacía su rostro perfecto. Su piel era de un tono dorado natural y su pelo oscuro. Era el más alto de la clase, jugaba al futbol y a pesar de ser musulmán, las chicas de la clase se morían por él. Pero Amir era mío y de nadie más. Cuando termináramos de estudiar nos casaríamos y nos iríamos de aquel pueblo tan hostil, donde ya no sería más la hija de la querida.

            Amir y yo nos casamos y fuimos a vivir a otra ciudad más moderna. Los primeros años de nuestro matrimonio fueron muy felices. Compramos una casa grande muy hermosa. Tuvimos dos hijos a los que amamos mucho. Una tarde estábamos sentados en la mecedora del balcón charlando como hacíamos a diario, cuando Amir me anunció que me iba a presentar a su segunda esposa. Todo en mí se revolvió.

            —Pero ¿qué pasa, Amir? ¿No eres feliz conmigo?

            —Sí, muy feliz —dijo él confundido—. ¿Qué pasa amor? No entiendo tu reacción.

            —Soy yo quién no entiende. ¿Por qué necesitas otra esposa?

            —Porque es la tradición. Mi padre tenía cuatro esposas. Tu conociste a todas mis madres. No sé por qué estás tan contrariada.

            —Amir, yo no quiero compartirte con nadie. No puedo. ¿Es que no puedes entender que te amo demasiado? Me moriría de celos. No me hagas esto, por favor te lo pido. Somos felices como estamos.

            —Lo siento. Esta es mi religión, mi tradición. Tú lo sabías cuando te casaste conmigo. Me conoces desde niño y sabes de dónde vengo —. Hubo un largo silencio que a mí me pareció un siglo y en el que hasta pensé que recapacitaría —.  Mañana vendrá Farah con su familia. Por favor, prepara una buena cena y dispón de todo lo necesario para recibirla luego del casamiento.

            No dejé de llorar en toda la noche. Tampoco me acosté con él.  No puedo ni decir cuál era el tamaño de mi decepción. Me quedé en el cuarto de mi hija pensando en mis días como la hija de la querida. Mi mente daba vueltas y no comprendía nada. Cuando éramos chicos las madres de Amir y sus hermanos parecían estar conformes con la vida que tenían. Se veían felices. Pero yo veía a mi madre, compartiendo a mi padre con la moribunda y era muy infeliz. Ella quería a papá para ella, sin compartirlo con nadie, como yo quería ahora a Amir para mí.

            Discurrí lo suficiente como para llegar a una conclusión. De una cosa estaba segura. Yo no iba a compartir un hombre de ninguna manera. Ni como la esposa que espera que el marido se canse de una querida. Ni como la querida que espera que el esposo se separe al fin de su esposa. Ni como una más de un harén esperando a que le toque su turno.

            Al siguiente día cuando Amir llegó a cenar con su futura segunda esposa y familia, no había cena, no había primera esposa, ni hijos, ni nada. Agarré a mis hijos y me fui muy lejos. Mi madre me dijo que Amir me buscó en el pueblo y estaba furioso porque me llevé a los niños y juró quitármelos. Por supuesto, me había ido a un lugar donde no me encontrara tan fácilmente. Sabía que iría a buscarme a casa de mi madre enseguida. Sabía que me amenazaría, pero en el país que vivimos hay leyes. Al final obtuve el divorcio, una pensión para mis hijos y una orden en la que le prohíben a Amir acercarse a los niños, porque el abogado le dijo al juez, que él podía robárselos y llevarlos fuera del país a algún país árabe.

            Por mi parte sé que algún día encontraré un amor como debe ser. No tengo prisa. Tendré un esposo para mí los siete días de la semana y al que no tendré que compartir con nadie. Es lo que merezco.           

Copyrighted.com Registered & Protected  PJUG-AOL9-KRIJ-ALY7