Debidamente identificada como “Bipolar” me llevaron a tomar el desayuno y pude por primera vez ver a mis compañeros de circo. Miré por encima. Casi todas las sillas estaban tomadas y Leslie, la pelirroja, me llamó para que me sentara a su lado. Creo que Leslie era una de las personas más jóvenes en aquel lugar tenebroso. Me senté y entonces conocí a Basilio. Tenía treinta y dos años, al menos eso me dijo. No parecía tener más de veinticinco. Era muy bajo de estatura y de peso. Me dijo que boxeaba peso pluma. Me llamó la atención que tenía pintada una lágrima debajo de su ojo derecho. No pregunté nada pero Leslie sí. ¡Era tan curiosa la niña! No sé que le contestó él a ella que era, pero yo sé muy bien que esa lagrimita significa un muerto a cuesta. Comencé a mirarlo con sospecha y temor. No todos los días te encuentras a alguien con un muertito encima. De algún modo Basilio se sentía en confianza con Leslie. Es que ella era un ser angelical. En aquel infierno predicaba la palabra de Dios a diestra y siniestra.Todavía me pregunto qué hacía allí con tanta fe. Entonces Basilio le confesó que se sentía avergonzado de ser tan pequeño. De ser tan flaco. Que sus ojos eran horribles. Que su hembra lo había abandonado porque él no la satisfacía como mujer.
—Me gustaba bañarla —dijo—. Y acariciar su cuerpo. Secarla con una toalla y darle masajes con crema. Pero yo no podía satisfacerla—. Hubo un silencio en aquella mesa. Silencio de miedo. Silencio de pena. Silencio por lo que habría de decir después.
—Tal vez estabas con la mujer equivocada —dije nerviosa sin saber otra cosa que decir. “Mejor no decía nada”, pensé luego de abrir la boca.
El no me escuchó. Estaba como en el éxtasis de una confesión. —Y le pegué. No me justifico. Ningún hombre debe pegarle a una mujer. Pero ella se reía de mi. Tu sabes. Cuando conoces a alguien lo suficiente sabes cuando te miente. Ella llegaba tarde y no me dejaba tocarla. Tu sabes. Yo sabía que olía a otro hombre. Yo lo sentía. Me arrepiento de lo que hice. No me siento orgulloso. Pero no pude evitarlo. Tu sabes —. El silencio de nuevo que nadie se atrevía a romper. Basilio se quedó mirando su bandeja de comida. Como meditando. Triste. Vacío. Vencido. —¿Te vas a comer eso?— me preguntó mirando mi bandeja.
—No —contesté sin saber que decir no fuera a agarrarme por el pelo. Le di mi desayuno, me levanté y seguí hacia mi cuarto. Por el camino me encontré a un zombie alto, rubio, de mirada perdida. Su pantalón le quedaba grande e iba agarrándoselo para que no se le cayera. Sus zapatos deportivos no tenían agujetas y según caminaba se le iban saliendo. Tenía un abrigo que le cubría la cabeza. Iba rezando una letanía de incoherencias, palabras soeces e improperios. Lo vi caminar y perderse al final del pasillo.
Ese día aprendí las cien maneras de suicidarse. Allí no se podía usar correas por eso los calzones de los hombres se les caían. No se podían usar agujetas y correr era casi imposible. Tampoco nos daban cuchillos plásticos. Comer era toda una aventura. El cordón del teléfono solamente tenía seis pulgadas de largo insuficiente para darle una vuelta al cuello. Las llamadas eran cortísimas o tenías garantizada una tortícolis esa noche. La varilla del sostén también era un arma mortal. Tal vez todos los sostenes que tenía la tetona tenían varillas por eso no los usaba. Los espejos no eran de vidrio por lo que el reflejo que de mí misma veía era uno nefasto, además de que seguía sin peinar. Las paredes eran suaves por si te daban ganas de pegarte la cabeza en contra de ellas. Yo sentí muchas veces el deseo de hacerlo pero, ¿para qué? Era un esfuerzo inútil. No habían objetos punzantes por ningún lado. El lugar era casi a prueba de suicidas.
Aún así Pedro se enterró un tenedor de plástico en la muñeca.

Quien es Leslye?Q hace allí?Me encanta😉
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Ella es una Buena amiga…
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