Jacinto se quedó viudo con cinco hijos. El menor tenía cinco meses, el mayor siete años. En aquel pueblo perdido entre la nada, no había mucho a que aspirar. Jacinto se conformó con su triste existencia. Agarró a su muchachito, se lo puso como un paquete sobre su espalda y se fue a labrar su tierra seca con la esperanza de que diera algún producto para alimentar a su tronchada familia. Lázaro, su hijo mayor, cuidaba de los otros como una madre perdiendo para siempre su infancia. El aún niño, se inventaba sopas y guisos recordando las recetas que su madre cocinaba. Sus hermanitos hambrientos devoraban la comida agradeciendo su esfuerzo. En las mañanas, se levantaba muy temprano, hacía una crema de trigo o de maíz para alimentar a su padre y a sus hermanos. Luego se limpiaba el cuerpo, su carita y se ponía su mejor ropa. Entonces dejaba a Mercedes, su hermana de seis años, encargada de la casa para caminar unos kilómetros hacia la escuela rural.
Según pasaban los años, Lázaro llevaba consigo a la escuela a sus hermanos. Como si no les hubiera golpeado la tragedia, tenían la capacidad de reír y hacer reír a su padre. Jacinto se enorgullecía de ellos y en su pobreza se sentía millonario con el amor de sus hijos. Lázaro era su ángel. Su enviado. Si no hubiera sido por ese niño con alma de adulto, Jacinto se habría perdido. Sin embargo, ya era hora de que Lázaro volara. Que buscara su camino. Era tiempo de que cosechara lo que había sembrado. Con las mejores recomendaciones de sus profesoras, Lázaro dejó su pueblo con la bendición de su padre y el abrazo de sus hermanos que lloraban desconsolados ante la partida del hermano que había sido como una madre para ellos. El padre, que ocultó sus lágrimas hasta que ya no vio sus espaldas, se metió en su cuarto a llorar en silencio.

Estoy segura de que Lázaro volverá con buenas noticias
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Lazaro se fue a vivir su vida. Veremos cuántas vicisitudes o bendiciones le traerá. Gracias por leerme Zamoranita.
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Qué historia mas tierna
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Hay muchos Lázaros en la historia de la pobreza extrema. Esto es un canto a sus vidas anónimas.
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Pues sigue cantando, Melba, no desafinas nada.
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