Mañana es otro día.4

Hoy la he saludado, un primer contacto con la mujer desconocida y me pregunto cuáles son sus secretos más íntimos. Aún con ese aspecto ha de ser una fiera y este gatito puede darle unas merecidas lecciones. Tengo tanto para dar que no dejaré esta oportunidad para darme a conocer.

Esta tarde sin falta después del trabajo paso por la tienda de vinos y llevaré un entretenido presente y así tener excusa para presentarme a su puerta. Sin duda haré que sea una interesante charla, conocernos más y si mis aires de galán dan resultado podré terminar de presentarme en su alcoba, con toda la elocuencia de mi cuerpo. Mientras hago mis rutinas de ejercicios pienso en ella y las locuras que puede hacer una mujer desinhibida y sin tapujos porque de que ha vivido, para bien o mal, es una mujer con mucho por entregar.

Colaboración: Poetas Nuevos

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Dos niñas, dos perros y yo.19

Me vestí para matar. Digo, en el sentido metafórico. Llevaba un vestido rojo, muy ceñido al cuerpo, zapatos dorados y el pelo recogido. Llevaba en mi bolso el arma inservible para que el armero de Nicolás la revisara.

A las ocho en punto, el chófer de Nicolás Alonso llegó a recogerme. La noche estaba templada, clara. Me senté callada en el asiento de atrás. Según transitaba el carro, miraba hacia afuera, las casas, los edificios, el cielo, la luna llena. Dentro de mi, habitaba una gran tristeza. También rabia. ¿Por qué nos pasó esto a Erick y a mi?

Llegamos a la mansión. Por alguna razón, esta vez no temblaba. Era la rabia. Subí las escaleras firme y toqué el timbre de la puerta.

—Señora Fernández —dijo la mujer que abrió la puerta—. Pase. El señor le está esperando.

Caminé detrás de ella por el pasillo de aquella magnífica residencia, que esta vez no me parecía tan perfecta. No sentí mi corazón galopar, ni que me faltara el aire, ni sentía nauseas. Nada. Caminé, con una seguridad jamás imaginada, hacia el despacho del asesino de mi Erick. Tal vez era, porque llevaba un equipo que grabaría todo lo que pasaría en este encuentro. Quizás era, que sabía que estarían los policías apostados en el perímetro de la propiedad de Nicolás que a la primera señal entrarían a rescatarme. O, la certeza de que mi esposo, el que me fue arrebatado, alcanzaría justicia.

La mujer abrió la puerta del despacho, con un ademán me indicó que entrara.

—Mi nunca bien ponderada, señora Fernández —dijo Nicolás, acercándose, besando mi mejilla como un Judas. Luego me agarró por la cintura—. Mira, él es Alex, mi armero. Él revisará el arma que se te rompió. ¿La trajiste, verdad?

—Claro —contesté, mientras sacaba de mi bolso el arma.

—Mucho gusto, señora Fernández —dijo el armero, extendiendo la mano. Yo le entregué el arma en cuestión.

—¿Deseas tomarte algo? —preguntó Nicolás amablemente.

—Pues sí… ¿Tienes algún vino tinto? —pregunté.

—¡Qué bien! Pareces de mejor humor, querida —observó.

—¿De mejor humor? —pregunté, sorprendida por su observación—. No, es que tengo un poco de frío y el vino me da calor.

—¡Oh! Ya entiendo… —dijo él, mientras se dirigía al sofá—. Siéntate, Alma… Explícame otra vez qué fue lo que pasó con el arma.

—Como te dije, llegué al estacionamiento, según las instrucciones. Cuando tenía a tu esposa en la mirilla y halé el gatillo, no funcionó. Lo apreté en varias ocasiones y el resultado fue el mismo. Luego, ella entró al edificio y no pude hacer nada más.

—Entiendo…

—Señor —dijo el armero—, efectivamente el arma está defectuosa. Parece ser un defecto de fábrica.

—¿Pero es que nadie probó el arma antes de enviarla? —gritó Nicolás, mientras en un arrebato, lanzaba a través de la habitación el vaso con la bebida que tenía en su mano.

—Don Nicolás —dijo el armero asustado—. Yo mismo revisé el arma antes de enviarla. Pero algo como esto puede suceder en cualquier momento y no hay manera de uno prevenirlo.

—No hay manera de uno prevenirlo —repitió Nicolás mofándose—. ¡Mira, lárgate antes de que pierda la paciencia!

Alex, el armero, salió enseguida del despacho sin despedirse. Nicolás se volteó a mirarme.

—¡Ineptos! —dijo mirándome—. Ya no se puede confiar ni en los que se dicen expertos. Estoy cansado de que no hagan nada bien.

Yo callaba. Nicolás era un animal rabioso. Y yo tenía que tratar de que me diera información de por qué quería asesinar a su esposa. Estaba determinada a hacerlo, pero no sabía si era el momento.

—¿Tu esposa era una inepta también? —pregunté.

Nicolás me dirigió una mirada asesina. El tema no le estaba gustando, pero ya había empezado.

—Dime, Nicolás —dije, acercándome suavemente—. ¿Por qué quieres matar a tu esposa?

—Estás preguntando mucho, preciosa. Eso no te conviene… —contestó.

—Si he de deshacerme de ella, debo al menos tener alguna razón para hacerlo —dije, coqueteando.

Nicolás se rió malicioso. «¿Estará sospechando de mí?», me pregunté.

—Estoy cansado de ella… ¿Qué te parece?

—No sé —contesté—. Podrías divorciarte…

—No quiero compartir con ella mis bienes.

—¡Ah! Ya entiendo. Es cuestión de dinero.

—Siempre es cuestión de dinero, bonita —dijo—. Como que estés tu aquí. Me debes diez mil dólares y no me los has pagado.

—Bueno, traté de cumplir, pero no salió. No es mi culpa —dije—. ¿Qué quieres que haga para pagarte?

Todavía necesitaba que Nicolás me pidiera que matara a Lara. Pero no lo decía con sus palabras.

—Acuéstate conmigo —dijo, dejándome totalmente desarmada.

Dos niñas, dos perros y yo.11

—Señora Fernández —la voz desconocida-conocida al otro lado de la línea—. Sé que tuvo que usar el dinerito.

—Sí, lo usé —contesté de mal humor—. ¿Y ahora qué? ¿Qué es lo que tengo que hacer para devolverle su dinero?

—¿Pero por qué esa actitud, preciosa? —preguntó suavizando la voz, queriendo hacerse el simpático.

—Mire, señor —dije—. Dígame ya que es lo que quiere. No puedo estar perdiendo el tiempo miserablemente con usted, jugando por el teléfono.

—Ah… ¿Con qué te mueres por conocerme?

—No me muero por nada—contesté—. Dígame que tengo que hacer.

«¿Pero qué clase de imbécil narcisista es este?»

—Bien, enviaré a que te recojan esta noche a las ocho, para que tengamos una pequeña reunión y decidamos qué vamos a hacer para que me devuelvas el dinero —contestó el hombre.

Colgué el teléfono, cerré mis ojos y eché mi cabeza hacia atrás. Eran las seis y treinta de la tarde. Esperé unos momentos antes de prepararme para encontrarme con el hombre del teléfono. Me bañé y me vestí como para la guerra. Me puse mi mejor vestido negro, con zapatos y accesorios dorados. Me amarré el cabello en una cola y pinté mis labios muy rojos. Llamé a una cuidadora para que se quedara con las niñas esa noche.

A las ocho en punto, tocaron a la puerta.

—Señora Fernández —dijo el taxista—vengo a recogerla.

—Sí, ya estoy lista —respondí, recogiendo mi bolso para salir.

Estuve en silencio todo el camino. El taxista me llevó a una mansión. Cuando se detuvo delante de las escaleras que llevaban a la puerta de entrada, apenas podía respirar. El hombre se bajó y se acercó a mi puerta para abrirla. Me bajé y cuando fui a pagar, me dijo que ya le habían pagado.

Me temblaban las piernas y las manos. Me arreglé la falda y fui subiendo poco a poco los escalones hasta llegar a la puerta. Tímidamente, toqué el timbre. Esperé unos momentos y una mujer abrió la puerta.

—Señora Fernández —dijo la mujer, sin que yo me presentara.

—Sí, soy yo.

«Cuando todo esto acabe, me voy a cambiar el nombre.»

—Venga por aquí. Le están esperando.

Caminé por aquellos pasillos imperiales, llenos de cuadros bellísimos y esculturas preciosas. Miraba a mi alrededor, ensimismada con tanta riqueza. Un olor a rosas me perseguía por toda la casa. ¿Era la perfección, o la perfección que no existía? La frase, que una vez dijo un amigo, me pareció pertinente para el momento.

Seguí a aquella ama de llaves, por llamarla de alguna manera, hasta un despacho en el que no había nadie. Abrió la puerta y me pidió que esperara allí sentada.

«¿Qué sentada? Ahora es el momento de meterme en la cabeza cuanto detalle pueda de este lugar», me dije. Miré el escritorio de caoba negra, con una silla de piel rojiza. «Esta silla tiene que haber costado un chingo», pensé. Caminé por la amplia oficina, mirando cada repisa, cada librero, cada cuadro. Había cuadros muy modernos, que diría yo, se veían muy bonitos. Por supuesto, que alguien que supiera de arte diría cosas acerca de las luces y sombras, pero yo, simplemente los encontraba bonitos. El escritorio estaba nítidamente organizado. No había ni un sobre que me dijera el nombre del dueño de todo aquello. De repente, se abrió la puerta.

—Mi muy querida, señora Fernández.

Volteé a mirar. Por fin le ponía cara a la voz desconocida-conocida.

Inexplicable.13

Lili escribió una carta y la dejó sobre su mesa de noche. En su corazón presentía que la reunión con Antonela no iría bien. La otra siempre había sido la más fuerte, pero ya era el momento de terminar con todo esto que la agobiaba hasta el punto de haberla hecho enloquecer.

Esa noche puso especial cuidado en arreglarse. Se dio un baño con sales aromáticas. Tal vez no tenían un olor único como el de Antonela, pero a ella le gustaba oler a almizcle y a rosas. Secó su cuerpo lentamente, como si fuera un ritual. Se secó su melena negra y espesa con el secador de mano. Miró en el espejo su piel pálida y decidió que si iba a la guerra iría con sus mejores armas. Así que se untó sombras, rímel, colorete y labial. Se puso unos vaqueros con una blusa de seda y unas botas. Entonces partió al encuentro de Antonela.

***

Lili le dio al taxista la dirección: calle Roura, número 411. Él la miró extrañado.

—Señorita, eso es una almacén en un área muy mala de la ciudad —comentó—. Perdone que le pregunte, ¿qué va a hacer usted allí a estas horas?

—No creo que le incumba, señor —contestó seca.

—Bueno, yo solo le decía por su seguridad —dijo contrariado—, pero tiene usted razón, eso a mi no me importa.

Al llegar a la dirección se detuvo el taxi y ella se bajó despacio. El edificio abandonado se levantaba enfrente de ella amenazante. Pagó al taxista y este se alejó dejándola en aquel lugar sola. Lili caminó hacia la puerta principal. Sacó de su bolso un juego de llaves, una de las cuales abrió la cerradura. Entró dejando la puerta abierta. Una vez adentro, caminó hacia la oficina. La abrió con otra de las llaves y entró. La única luz que se percibía era la del foco de la calle. En la penumbra, vio la silueta de Antonela. Delgada, escultural, perfecta.

—Estoy aquí —dijo Antonela—. ¿Para qué me quieres?

—Para terminar con todo —respondió.

Lázaro.7

—Estaba pensando que me gustaría presentarte a mi familia—dijo Lázaro a Deborah un jueves por la tarde—. Ya llevamos juntos dos meses y creo que es tiempo de que ellos sepan con quien comparto mi vida.

—¿Cuándo?—preguntó ella que no tenía ningún interés en dar un viaje a provincia.

—Este fin de semana. ¿Te parece bien?

¿Qué si le parecía bien? No tenía más alternativa que aceptar ir a conocer la familia de Lázaro. Tener una relación con él le había costado más de lo que ella imaginaba. Lázaro era cariñoso, atento, tierno, pero cuando se trataba de su trabajo o de su familia en provincia, era intransigente. Preparó su bolso de viaje para pasar el fin de semana con el hombre que podía ser su salvación financiera. «¡Qué remedio!», pensó, mientras suspiraba. El sábado en la madrugada, Lázaro la fue a buscar para agarrar el “bus” hacia el pueblo. Ella no estaba acostumbrada a viajar en esos vehículos. Los asientos eran duros, incómodos, además estaban sucios. El olor era insoportable. Pronto se arrepintió de acceder. Cuando Lázaro le dijo que el viaje a su casa tomaba cinco horas hasta donde les dejaría el “bus” y que luego tenían que seguir a pie cuarenta minutos más, tuvo que ingeniárselas para que él no notara su mal humor.

—¡Mercedes! ¡Mercedes!—llamó Lázaro lleno de alegría al llegar a su hogar.

—¡Hermano!—gritó ella mientras salía de la casita con los brazos abiertos al encuentro de Lázaro hasta que se fundieron en un abrazo largo y fraternal.

Detrás de ella, salieron Conrado, Ana y Gabriel, quienes también corrieron al encuentro, saludando con abrazos y besos al recién llegado. Jacinto miraba la escena desde la puerta, esperando su turno para abrazar a su hijo. Deborah, que se mantenía al margen, no podía entender tal despliegue de cariño. Ella se había ido de su casa desde los dieciocho años para vivir su vida como quería. Desde entonces, estuvo de cama en cama, para completar su salario que no le alcanzaba para tener los lujos que eran lo único que satisfacían su vida vacía.

—Mercedes—dijo Lázaro, tomando la mano de Deborah,—ella es mi amiga Deborah.

—Mucho gu’to—contestó Mercedes dándole la bienvenida con un abrazo.

Deborah entró en la pobre, pero muy limpia vivienda. Lázaro la invitó a sentarse en un mueble ajado mientras Mercedes preparaba la comida alegremente. Jacinto y Conrado le contaban a Lázaro las novedades políticas del pueblo. Ana corría de un lado para el otro juguetona, tratando de llamar la atención de su hermano favorito. Gabriel miraba a Deborah, embobado por su belleza.

—Lázaro—dijo Jacinto—e’taba pensando mi’jo, si tu podría’ llevarte a Gabriel contigo pa’ que vaya a la escuela. E’ que el muchacho e’ tan li’to, tu sabe’ mi’jo…inteligente, así como tu.

Cuando Deborah escuchó la petición de Jacinto por poco se desmaya. Ya se le estaba haciendo lo suficientemente difícil llevar una relación con Lázaro, como para que él tuviera que ser la niñera de un chiquillo. Lo miró fijamente tratando de transmitir su sentir sin palabras.

—Creo que es buena idea, padre—contestó Lorenzo de buena gana—. Creo que le vendría muy bien a Gabriel una educación en la ciudad. Si quiere, me lo llevo mañana mismo.

Deborah no podía creer lo que escuchaba. ¿Y ahora?